Es legítimo tener una Confesión de Fe ?
El año 1989 marca el 300 aniversario de la publicación de la Segunda Confesión de Londres (también conocida como la Confesión de la Asamblea o La Confesión Bautista de Fe de 1689. Si bien fue escrita y publicada anónimamente en 1677,tras la ascensión de Guillermo y María al trono de Inglaterra y la Ley de Tolerancia, los bautistas particulares de Inglaterra se reunieron en asamblea pública, firmaron la Confesión y la volvieron a publicar para la consideración del público cristiano.
La Confesión de Westminster de 1647 fue utilizada como la estructura básica de la Segunda Confesión de Londres, si bien con modificaciones. Algunas de estas modificaciones fueron obra de los que redactaron la confesión; otras se adoptaron a partir de la Declaración de Saboya publicada por los independientes en 1658 y de la Primera Confesión Bautista de Londres de 1644. El propósito de este método fue mostrar, siempre que fuera posible, la continuidad de la fe que existía entre los bautistas particulares y sus otros hermanos reformados en Gran Bretaña.
El entusiasmo que muchos sienten hacia las grandes confesiones reformadas, sin embargo, no es compartido por todos.Por desgracia, vivimos en una era que no tiene en cuenta los credos o que está aun en contra de los mismos, y que está marcada por el relativismo existencial, el antiautoritarismo y el aislacionismo histórico. Muchos cristianos profesantes consideran los credos y las confesiones de fe como tradiciones humanas, preceptos de hombres, meras opiniones religiosas.
Un religioso y poeta escocés del siglo 18 dijo: ‘Cada nueva expresión de escepticismo, especialmente sobre temas religiosos, y por parte de hombres nominalmente “religiosos”, es saludada como otro bramido de esa tormenta que ha de enviar todos los credos al fondo del mar; se observa el flujo de la marea no por la aparición de la verdad por encima de las aguas, sino por la inmersión del dogma. Nada se objeta a cualquier libro o doctrina o credo que deje a los hombres en libertad de adorar el dios que quieran; pero a cualquier cosa que determine su relación con Dios, que infiera su responsabilidad por su fe, que implique que Dios ha anunciado autoritativamente lo que se ha de creer, se objeta con protestas en nombre de la libertad injuriada’.
Aquellos que defienden a conciencia las grandes confesiones son considerados como anacrónicos, si no como enemigos de la fe y de la Iglesia. En algunos círculos son censurados y evitados; y si intentan convencer a otros de los beneficios de un cristianismo confesional y de los peligros del latitudinarismo doctrinal, se les estigmatiza como si estuviéramos infectados de ‘credismo’ progresivo, el equivalente teológico y eclesiástico de la lepra.
En semejante clima, es importante que los que amamos las confesiones tengamos ideas claras acerca de la legitimidad de las confesiones y de sus muchos usos beneficiosos.
1. El cristianismo moderno está inmerso en una inundación de relatividad doctrinal.
A Satanás y sus huestes les agrada la imprecisión y la ambigüedad que están rampantes en nuestro tiempo. Spurgeon observó: ‘El archienemigo de la verdad nos ha invitado a allanar nuestros muros y a eliminar nuestras ciudades amuralladas.’17 Nos preguntamos qué diría Spurgeon si viviera hoy y pudiera ver hasta qué punto ha avanzado el declive. Aquellos de nosotros que amamos estas antiguas normas tenemos el deber de contender ardientemente por la fe una vez dada a los santos. No deberíamos rendir nuestra confesiones sin luchar. Como dijo Spurgeon, hablando de la importancia de las confesiones: ‘Las armas que son ofensivas para nuestros enemigos no debería permitirse que se oxidaran.’Las grandes confesiones reformadas fueron forjadas en el yunque del conflicto por la fe y han ondeado como estandartes dondequiera que se ha librado la batalla por la verdad. Donde los hombres han abandonado estas declaraciones de la religión bíblica, donde las opiniones latitudinarias han reinado, la causa de Dios y la verdad ha sufrido grandemente.
Una reticencia a definir con precisión la fe que profesa creer es síntoma de que algo va terriblemente mal con una iglesia y su liderazgo. Es imposible que tal iglesia funcione como ‘columna y baluarte de la verdad’, pues no está dispuesta a definir o defender la verdad que profesa sostener. La realidad de la situación actual es que no son tanto las confesiones sino las iglesias las que están siendo probadas en nuestros días.
2. Periódicamente puede ser necesario revisar las grandes confesiones de fe. No deberíamos, sin embargo, revisarlas por cada capricho o con cada cambio de la moda teológica.
Estos documentos no se produjeron precipitadamente y no deberían revisarse precipitadamente. Sin embargo, nuestras confesiones no son inherentemente sacrosantas ni están por encima de la revisión y la mejora; y, desde luego, la historia de la Iglesia no se detuvo en el siglo XVII. Actualmente somos confrontados por errores por los cuales los que redactaron las grandes confesiones no fueron enfrentados y a los que no se refirieron explícitamente en las confesiones. Así pues, puede juzgarse necesaria la revisión, pero es una tarea a realizar con extremo cuidado.
Si en nuestro tiempo nos encargamos de la revisión de nuestras confesiones, debemos estar decididos a ir contra el espíritu de mucha de la moderna construcción confesional. Las declaraciones doctrinales modernas se construyen con un propósito diferente al de las antiguas confesiones.
Machen observó en sus tiempos: ‘Los credos históricos excluían el error; tenían el propósito de excluir el error; tenían el propósito de expresar la enseñanza bíblica en claro contraste con lo que se oponía a la enseñanza bíblica, con objeto de preservar la pureza de la Iglesia. Estas declaraciones modernas, por el contrario, incluyen el error. Están diseñadas para dar lugar en la Iglesia a cuantas más personas y tipos de pensamiento como sea posible.’
3. Al lado de nuestra apreciación por las grandes confesiones reformadas, debemos recordar que cada generación debe fundamentar su fe en la Biblia.
La fe de las personas no debe estar arraigada sólo en una lealtad a la confesión. En nuestras iglesias debemos buscar hacer seguidores de Cristo, no simplemente bautistas, o presbiterianos o reformados. La confesión no debe convertirse simplemente en una tradición que se sostiene sin ninguna convicción personal arraigada en la Palabra de Dios. Como observó el profesor Murray: ‘Cuando cualquier generación se contenta con confiar en su patrimonio teológico y rehúsa explorar por sí misma las riquezas de la revelación divina, entonces el declive está ya teniendo lugar y la heterodoxia será la porción de la siguiente generación.’
4. La cuestión de la honestidad sale a relucir cuando nos referimos al tema de las confesiones de fe.
Tanto para las iglesias como para los individuos, suscribir una confesión ha de ser un acto caracterizado por la integridad moral y la veracidad. ¿Quién discutiría la premisa de que una iglesia debe ser fiel a sus normas publicadas o que una persona debe ser lo que dice ser? Tristemente, sin embargo, muchas iglesias se han apartado de su confesión mientras pretendían estar adheridas a las antiguas normas. Y muchos ministros pretenden ser leales a la confesión de su iglesia, cuando realmente objetan a (o tienen serias reservas mentales acerca de) artículos particulares de fe.
Cuando una iglesia se aparta de las antiguas sendas, si no quiere volver, que abjure públicamente de su confesión. Si bien nos puede doler ver tal deserción de la verdad, y aunque los enemigos de la verdad puedan aprovecharse de la oportunidad para calumniar y despotricar, es sin duda mejor y más veraz que el que la iglesia continúe en la hipocresía. Y lo que es cierto de la vida colectiva es también cierto de la honestidad personal.
Samuel Miller argüía que suscribir un credo es una transacción solemne ‘en la que debemos embarcarnos con mucha y profunda deliberación y humilde oración; y en la cual, si el hombre está obligado a ser sincero en algo, está obligado a ser honesto para con su Dios, honesto para consigo mismo y honesto para con la iglesia a la que se une.’
Miller continúa diciendo: ‘En cuanto a mí, no conozco ninguna transacción en que la insinceridad es más justamente culpable del terrible pecado de “mentir al Espíritu Santo” que ésta.’
Para terminar, debo apelar a los pastores. La mayoría de nosotros afirmamos adherirnos a una confesión antes de imponérsenos las manos.
Hermanos, tenemos la solemne obligación ante Dios de andar en la unidad de la fe en la congregación en la que trabajamos. Si no podemos hacer esto honestamente, si nuestros puntos de vista cambian, deberíamos apartarnos y buscar un grupo al que podamos unirnos sin hipocresía. Si no estamos dispuestos a hacer esto, no somos irreprensibles e irreprochables; y, por tanto, estamos descalificados para el ministerio.
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