HISTORIAS BIBLICAS DEL ANTIGUO TESTAMENTO II
Cuando los israelitas llegaron al borde de la Tierra Prometida, Dios le dijo a Moisés: «Envía a doce hombres a que exploren la tierra de Canaán.
Esta es la tierra que les doy a los israelitas. Envía a un hombre de cada tribu». Moisés reunió a los hombres tal como Dios le había dicho: «Vayan y vean cómo es la tierra», les dijo Moisés. «¿Sus habitantes son fuertes o débiles? ¿Son muchos o pocos? ¿La tierra es buena?». «Sean valientes», les pidió también a los espías, mientras se iban. «Y traigan algo del fruto de la tierra».
Durante 40 días, los espías viajaron por la tierra. ¡Cortaron un racimo de uvas tan grande que tuvieron que llevarlo entre dos hombres con un palo! También llevaron granadas e higos. Luego, volvieron donde estaban Moisés y los israelitas.
«En esta tierra, fluye la leche y la miel, y aquí tienen una mues- tra de sus frutos», dijeron. «Pero la gente que vive allí es fuerte, y las ciudades son grandes y fortificadas». Caleb, uno de los doce espías, afirmó: «¡Con la ayuda de Dios, podemos conquistar la tierra! ¡Tenemos que hacerlo!». Pero los demás hombres se quejaron: «¡No! No podemos en- frentarnos a esta gente. ¡Son mucho más fuertes que nosotros! ¡Parecíamos unos saltamontes comparados con ellos!». Los israelitas lloraron a gritos toda la noche. Les dijeron a Moisés y a Aarón que los habían llevado a Canaán a morir. «¡Busquemos un nuevo líder y volvamos a Egipto!»,exclamaron. Moisés y Aarón cayeron rostro en tierra ante los israelitas. Caleb y Josué (que también era uno de los espías) se rasgaron la ropa y dijeron: «La tierra es muy buena. El Señor la entregará en nuestras manos. No tengan miedo de la gente que vive allí. ¡Dios está con nosotros!».
Pero Dios estaba enojado. «¿Hasta cuándo este pueblo se- guirá sin confiar en mí?», le dijo a Moisés. Dios quería destruir a todos los israelitas, pero Moisés rogó: «Por favor, perdónalos, porque eres grande, fiel y amoroso». Entonces, el Señor respondió: «Los perdonaré, ¡pero ninguno de ellos vivirá para ver la Tierra Prometida!». Los israelitas deberían deambular en el desierto durante 40 años: un año por cada día que los espías pasaron en la Tierra Prometida. Solo Caleb y Josué, quienes habían confiado com- pletamente en Dios, podrían entrar a la Tierra Prometida.
Esta es la tierra que les doy a los israelitas. Envía a un hombre de cada tribu». Moisés reunió a los hombres tal como Dios le había dicho: «Vayan y vean cómo es la tierra», les dijo Moisés. «¿Sus habitantes son fuertes o débiles? ¿Son muchos o pocos? ¿La tierra es buena?». «Sean valientes», les pidió también a los espías, mientras se iban. «Y traigan algo del fruto de la tierra».
Durante 40 días, los espías viajaron por la tierra. ¡Cortaron un racimo de uvas tan grande que tuvieron que llevarlo entre dos hombres con un palo! También llevaron granadas e higos. Luego, volvieron donde estaban Moisés y los israelitas.
«En esta tierra, fluye la leche y la miel, y aquí tienen una mues- tra de sus frutos», dijeron. «Pero la gente que vive allí es fuerte, y las ciudades son grandes y fortificadas». Caleb, uno de los doce espías, afirmó: «¡Con la ayuda de Dios, podemos conquistar la tierra! ¡Tenemos que hacerlo!». Pero los demás hombres se quejaron: «¡No! No podemos en- frentarnos a esta gente. ¡Son mucho más fuertes que nosotros! ¡Parecíamos unos saltamontes comparados con ellos!». Los israelitas lloraron a gritos toda la noche. Les dijeron a Moisés y a Aarón que los habían llevado a Canaán a morir. «¡Busquemos un nuevo líder y volvamos a Egipto!»,exclamaron. Moisés y Aarón cayeron rostro en tierra ante los israelitas. Caleb y Josué (que también era uno de los espías) se rasgaron la ropa y dijeron: «La tierra es muy buena. El Señor la entregará en nuestras manos. No tengan miedo de la gente que vive allí. ¡Dios está con nosotros!».
Pero Dios estaba enojado. «¿Hasta cuándo este pueblo se- guirá sin confiar en mí?», le dijo a Moisés. Dios quería destruir a todos los israelitas, pero Moisés rogó: «Por favor, perdónalos, porque eres grande, fiel y amoroso». Entonces, el Señor respondió: «Los perdonaré, ¡pero ninguno de ellos vivirá para ver la Tierra Prometida!». Los israelitas deberían deambular en el desierto durante 40 años: un año por cada día que los espías pasaron en la Tierra Prometida. Solo Caleb y Josué, quienes habían confiado com- pletamente en Dios, podrían entrar a la Tierra Prometida.
Conexión con Cristo:Aunque Josué no era perfecto, vivió obedeciendo a Dios. Josué era fiel y guiaría al pueblo a la Tie- rra Prometida. Sus logros apuntan a la obra final de Cristo en la cruz: venció a Satanás, liberó a la gente del pecado y abrió el camino a la Tierra Prometida de la eternidad.
Pregunta para relacionar: ¿Qué sucede cuando el pueblo de Dios peca?
Respuesta para relacionar: El pecado tiene que ser castigado, pero Dios promete perdonar cuando buscamos el perdón.
Pregunta para relacionar: ¿Qué sucede cuando el pueblo de Dios peca?
Respuesta para relacionar: El pecado tiene que ser castigado, pero Dios promete perdonar cuando buscamos el perdón.
Los israelitas no habían confiado en Dios, así que Él no les permitió entrar a la Tierra Prometida. En cambio, tuvieron que andar por el desierto durante 40 años.
En el camino, los israelitas rezongaron y se quejaron. Primero, lloriquearon: «¿Por qué nos mandan Moisés y Aarón? No necesitamos que nos digan qué hacer».
Así que Dios le indicó a Moisés que reuniera una vara de madera por cada una de las doce tribus y las trajera al tabernáculo. El Señor anunció: «La vara del hombre a quien yo elija como sacerdote brotará. Eso hará que los israelitas dejen de quejarse sobre ustedes».
Moisés reunió las varas y las colocó frente al tabernáculo. A la mañana siguiente, la vara de Aarón no solo había brotado, ¡sino que también tenía flores y almendras! Dios le mostró al pueblo que Aarón era el sacerdote elegido. A continuación, los israelitas se quejaron porque no tenían agua para beber.
Dios les dijo a Moisés y a Aarón que se pararan frente al pueblo y le hablaran a una roca; así, saldría agua de la roca. Pero Moisés estaba tan enojado por las quejas del pueblo que golpeó la roca con la vara dos veces. Salió agua, pero Moisés había desobedecido a Dios. Por eso, ya no podría entrar a la Tierra Prometida.
Poco después, los israelitas quisieron pasar por la tierra de Edom, pero sus habitantes no los dejaron. Los israelitas tuvieron que dar la vuelta. Fue un viaje largo y difícil, y el pueblo de Dios empezó a quejarse: «¿Por qué nos sacaste de Egipto para morir?».
Dios estaba tan enojado con Su pueblo que puso serpientes venenosas entre ellos. Las serpientes mordieron a muchos y estas personas murieron. El pueblo entendió que había pecado al quejarse contra Dios. Entonces, los israelitas rogaron a Moisés: «¡Por favor, pídele a Dios que se lleve las serpientes!».
Moisés habló con el Señor, y Él le respondió: «Haz una imagen de serpiente y colócala sobre un palo. Si una persona es mordida, que mire allí y quedará sana». Así que Moisés hizo una serpiente de bronce y la colocó sobre un palo. Los que eran mordidos miraban la serpiente de bronce y se sanaban. Los israelitas habían pecado contra Dios, pero Él los seguía amando. Castigó su pecado, pero también los sanó.
En el camino, los israelitas rezongaron y se quejaron. Primero, lloriquearon: «¿Por qué nos mandan Moisés y Aarón? No necesitamos que nos digan qué hacer».
Así que Dios le indicó a Moisés que reuniera una vara de madera por cada una de las doce tribus y las trajera al tabernáculo. El Señor anunció: «La vara del hombre a quien yo elija como sacerdote brotará. Eso hará que los israelitas dejen de quejarse sobre ustedes».
Moisés reunió las varas y las colocó frente al tabernáculo. A la mañana siguiente, la vara de Aarón no solo había brotado, ¡sino que también tenía flores y almendras! Dios le mostró al pueblo que Aarón era el sacerdote elegido. A continuación, los israelitas se quejaron porque no tenían agua para beber.
Dios les dijo a Moisés y a Aarón que se pararan frente al pueblo y le hablaran a una roca; así, saldría agua de la roca. Pero Moisés estaba tan enojado por las quejas del pueblo que golpeó la roca con la vara dos veces. Salió agua, pero Moisés había desobedecido a Dios. Por eso, ya no podría entrar a la Tierra Prometida.
Poco después, los israelitas quisieron pasar por la tierra de Edom, pero sus habitantes no los dejaron. Los israelitas tuvieron que dar la vuelta. Fue un viaje largo y difícil, y el pueblo de Dios empezó a quejarse: «¿Por qué nos sacaste de Egipto para morir?».
Dios estaba tan enojado con Su pueblo que puso serpientes venenosas entre ellos. Las serpientes mordieron a muchos y estas personas murieron. El pueblo entendió que había pecado al quejarse contra Dios. Entonces, los israelitas rogaron a Moisés: «¡Por favor, pídele a Dios que se lleve las serpientes!».
Moisés habló con el Señor, y Él le respondió: «Haz una imagen de serpiente y colócala sobre un palo. Si una persona es mordida, que mire allí y quedará sana». Así que Moisés hizo una serpiente de bronce y la colocó sobre un palo. Los que eran mordidos miraban la serpiente de bronce y se sanaban. Los israelitas habían pecado contra Dios, pero Él los seguía amando. Castigó su pecado, pero también los sanó.
Los israelitas habían deambulado por el desierto durante 40 años. Por fin, estaban otra vez al borde de la Tierra Prometida.
Acamparon en las llanuras de Moab, cerca del río Jordán. Ahora, el rey Balac de Moab tenía miedo de los israelitas. ¡Podían atacar Moab!
Entonces, Balac envió mensajeros a Balaam, un falso profeta. «Ven y maldice a los israelitas», le dijo. Porque sabía que las personas que Balaam maldecía quedaban malditas y las que bendecía recibían bendición.
Balaam les respondió a los mensajeros: «Pasen la noche aquí, y les daré la respuesta del Señor». Aunque Balaam no seguía a Dios, el Señor le habló y le dijo: «No vayas con estos hombres. No maldigas al pueblo de Israel, ¡porque es bendito!».
Balaam les dijo a los hombres lo que Dios había hablado, y ellos regresaron a ver al rey. Sin embargo, el rey mandó más mensajeros que le rogaron a Balaam que maldijera a los israelitas.
Esta vez, Dios dijo: «Ve con estos hombres, pero solo haz lo que yo te digo». Balaam ensilló su burra y partió, pero Dios envió un ángel a detenerlo. Balaam no podía ver al ángel, pero su burra sí. Tres veces, el ángel se paró en el camino, y tres veces la burra se detuvo.
Cada vez, Balaam se enojaba y le pegaba. De repente, ¡Dios hizo que la burra hablara! «¿Por qué me pegas?», preguntó la burra. ¡Balaam estaba tan enojado que ni siquiera se detuvo a preguntarse por qué su burra estaba hablando! «¡Me hiciste que- dar como un tonto!», contestó Balaam.
Entonces, Dios permitió que Balaam viera al ángel. «¡He pecado!», se lamentó Balaam. «Regresaré si eso es lo que quieres». El ángel respondió: «No, ve con estos hombres. Pero solo di lo que yo te indique».
Cuando Balaam llegó, el rey lo llevó adonde acampaban los israelitas. Balaam fue a una colina cercana y habló con Dios. Cuando volvió, Balaam bendijo a los israelitas, como Dios le había dicho. ¡El rey no estaba nada contento!
Sin embargo, Balaam se defendió: «Solo puedo decir lo que Dios me indica». Dos veces más, el rey llevó a Balaam a mirar el campamento israelita y dos veces más, Balaam los bendijo. «¡Suficiente!», se enojó el rey. «¡Vuelve a tu casa!».
Pero Balaam tenía un mensaje más: «Una estrella se levantará de Jacob, y un cetro surgirá de Israel». Estaba hablando de Jesús, quien, un día, llegaría para vencer a los enemigos de Israel. Después, Balaam se fue a su casa.
Acamparon en las llanuras de Moab, cerca del río Jordán. Ahora, el rey Balac de Moab tenía miedo de los israelitas. ¡Podían atacar Moab!
Entonces, Balac envió mensajeros a Balaam, un falso profeta. «Ven y maldice a los israelitas», le dijo. Porque sabía que las personas que Balaam maldecía quedaban malditas y las que bendecía recibían bendición.
Balaam les respondió a los mensajeros: «Pasen la noche aquí, y les daré la respuesta del Señor». Aunque Balaam no seguía a Dios, el Señor le habló y le dijo: «No vayas con estos hombres. No maldigas al pueblo de Israel, ¡porque es bendito!».
Balaam les dijo a los hombres lo que Dios había hablado, y ellos regresaron a ver al rey. Sin embargo, el rey mandó más mensajeros que le rogaron a Balaam que maldijera a los israelitas.
Esta vez, Dios dijo: «Ve con estos hombres, pero solo haz lo que yo te digo». Balaam ensilló su burra y partió, pero Dios envió un ángel a detenerlo. Balaam no podía ver al ángel, pero su burra sí. Tres veces, el ángel se paró en el camino, y tres veces la burra se detuvo.
Cada vez, Balaam se enojaba y le pegaba. De repente, ¡Dios hizo que la burra hablara! «¿Por qué me pegas?», preguntó la burra. ¡Balaam estaba tan enojado que ni siquiera se detuvo a preguntarse por qué su burra estaba hablando! «¡Me hiciste que- dar como un tonto!», contestó Balaam.
Entonces, Dios permitió que Balaam viera al ángel. «¡He pecado!», se lamentó Balaam. «Regresaré si eso es lo que quieres». El ángel respondió: «No, ve con estos hombres. Pero solo di lo que yo te indique».
Cuando Balaam llegó, el rey lo llevó adonde acampaban los israelitas. Balaam fue a una colina cercana y habló con Dios. Cuando volvió, Balaam bendijo a los israelitas, como Dios le había dicho. ¡El rey no estaba nada contento!
Sin embargo, Balaam se defendió: «Solo puedo decir lo que Dios me indica». Dos veces más, el rey llevó a Balaam a mirar el campamento israelita y dos veces más, Balaam los bendijo. «¡Suficiente!», se enojó el rey. «¡Vuelve a tu casa!».
Pero Balaam tenía un mensaje más: «Una estrella se levantará de Jacob, y un cetro surgirá de Israel». Estaba hablando de Jesús, quien, un día, llegaría para vencer a los enemigos de Israel. Después, Balaam se fue a su casa.
Conexión con Cristo: Unos 1400 años después de que Balaam anunciara el nacimiento de Jesús, hombres sabios siguieron una estrella hasta el lugar donde había nacido el Señor. Estos sabios de oriente adoraron a Jesús como Rey (Mateo 2:2).
Pregunta para relacionar: ¿Quién protegió al pueblo de Dios?
Respuesta para relacionar: Dios protegió a Su pueblo de sus enemigos.
Pregunta para relacionar: ¿Quién protegió al pueblo de Dios?
Respuesta para relacionar: Dios protegió a Su pueblo de sus enemigos.
Cuando Moisés murió, Dios puso a Josué a cargo de los israelitas. Luego, Dios dijo: «Prepara al pueblo para cruzar el río Jordán y entrar a la Tierra Prometida».
Así que, temprano por la mañana, Josué y todos los israelitas viajaron hasta el río Jordán. Al otro lado del río, se encontraba la Tierra Prometida: Canaán. Los israelitas acamparon allí durante tres días. Después, Josué dijo: «Purifíquense. Dios hará maravillas entre ustedes mañana».
Dios le dijo a Josué que les pidiera a los sacerdotes que llevaran el arca del pacto (a veces llamada el arca de Dios) y se pararan en el agua, a orillas del río Jordán. Entonces, Josué le dijo al pueblo: «Dios está aquí con nosotros. Él vencerá a nuestros enemigos. Cuando los sacerdotes que llevan el arca se paren en el río, las aguas se detendrán».
Entonces, los sacerdotes llevaron el arca al río. Apenas sus pies tocaron el borde del agua, las aguas se detuvieron y se acumularon a un costado. ¡Entonces, los israelitas cruzaron el río Jordán sobre tierra seca! Después de que todos habían cruzado, Dios le dijo a Josué que eligiera un hombre de cada una de las doce tribus de Israel.
Cada hombre tenía que llevar una roca del medio del río y colocarla donde los israelitas pasarían la noche.Cuando los hombres tomaron las piedras del río, los sacerdotes que llevaban el arca del pacto cruzaron al otro lado. Apenas sacaron sus pies del río, las aguas volvieron a fluir.
Josué amontonó las doce piedras, y les dijo a los israelitas: «Cuando sus hijos les pregunten: “¿Qué significan estas piedras?”, cuéntenles cómo Israel cruzó el Jordán sobre tierra seca. Porque Dios detuvo las aguas del Jordán así como lo hizo con el mar Rojo. Esto es para que todos los pueblos de la tierra sepan que Dios es poderoso».
Así que, temprano por la mañana, Josué y todos los israelitas viajaron hasta el río Jordán. Al otro lado del río, se encontraba la Tierra Prometida: Canaán. Los israelitas acamparon allí durante tres días. Después, Josué dijo: «Purifíquense. Dios hará maravillas entre ustedes mañana».
Dios le dijo a Josué que les pidiera a los sacerdotes que llevaran el arca del pacto (a veces llamada el arca de Dios) y se pararan en el agua, a orillas del río Jordán. Entonces, Josué le dijo al pueblo: «Dios está aquí con nosotros. Él vencerá a nuestros enemigos. Cuando los sacerdotes que llevan el arca se paren en el río, las aguas se detendrán».
Entonces, los sacerdotes llevaron el arca al río. Apenas sus pies tocaron el borde del agua, las aguas se detuvieron y se acumularon a un costado. ¡Entonces, los israelitas cruzaron el río Jordán sobre tierra seca! Después de que todos habían cruzado, Dios le dijo a Josué que eligiera un hombre de cada una de las doce tribus de Israel.
Cada hombre tenía que llevar una roca del medio del río y colocarla donde los israelitas pasarían la noche.Cuando los hombres tomaron las piedras del río, los sacerdotes que llevaban el arca del pacto cruzaron al otro lado. Apenas sacaron sus pies del río, las aguas volvieron a fluir.
Josué amontonó las doce piedras, y les dijo a los israelitas: «Cuando sus hijos les pregunten: “¿Qué significan estas piedras?”, cuéntenles cómo Israel cruzó el Jordán sobre tierra seca. Porque Dios detuvo las aguas del Jordán así como lo hizo con el mar Rojo. Esto es para que todos los pueblos de la tierra sepan que Dios es poderoso».
Conexión con Cristo:Dios les dijo a Josué y a los israelitas que pusieran piedras para recordar lo que Dios había hecho para llevarlos a la Tierra Prometida. La noche en que murió, Jesús les pidió a Sus discípulos que recordaran el sacrificio que haría para salvarnos de nuestros pecados. Cuando los cristianos toman la Cena del Señor, recuerdan el plan de Dios para destruir el pecado a través de la muerte y la resurrección de Jesús (1 Corintios 11:26).
Pregunta para relacionar: ¿Qué debería recordar el pueblo de Dios?
Respuesta para relacionar: El pueblo de Dios tiene que recordar todo lo que Él hizo por ellos y lo que prometió hacer.
Pregunta para relacionar: ¿Qué debería recordar el pueblo de Dios?
Respuesta para relacionar: El pueblo de Dios tiene que recordar todo lo que Él hizo por ellos y lo que prometió hacer.
Los israelitas estaban acampando cerca del río Jordán. Al otro lado, se encontraba la tierra de Canaán: la tierra que Dios les había prometido.
Lo único que tenían que hacer era tomarla. Pero primero, los israelitas debían vencer al pueblo que vivía allí. Josué envió a dos espías a la ciudad de Jericó.
Ellos se quedaron en la casa de una mujer llamada Rahab. El rey de Jericó escuchó que había espías con Rahab, y envió hombres para encontrarlos. Pero Rahab se había enterado de todo lo que Dios había hecho con el faraón, y creía que el Señor era Dios.
Quería ayudar a Su pueblo, así que escondió a los espías en su techo. Cuando ya pudieron salir, Rahab les dijo: «Sé que el Señor les ha entregado esta tierra. Por favor, tengan piedad de mi familia, ya que yo he sido amable con ustedes. Cuando ataquen Jericó, no nos maten».
Los espías prometieron mantener a salvo a Rahab y su familia. Cuando se fueron, Rahab ató una soga roja brillante en su ventana, para que los israelitas supieran cuál era su casa. Pero había un gran muro que rodeaba Jericó.
Como los habitantes sabían que los israelitas estaban cerca, habían cerrado la ciudad, y nadie podía salir ni entrar. Dios le dijo a Josué cuál era su plan: «He entregado en tus manos Jericó.
Marchen alrededor de la ciudad una vez por día durante seis días. Que los sacerdotes lleven el arca del pacto. Al séptimo día, marchen alrededor de la ciudad siete veces. Después, diles a los sacerdotes que toquen las trompetas. Todo el pueblo gritará, y los muros de Jericó caerán.
Entonces, los israelitas podrán conquistar la ciudad». Josué y los israelitas hicieron exactamente lo que Dios mandó. El primer día, el pueblo marchó una vez alrededor de la ciudad.
Nadie dijo una palabra. Hicieron lo mismo durante seis días. Al séptimo día, marcharon alrededor de la ciudad siete veces. Entonces, los sacerdotes tocaron sus trompetas, y Josué declaró: «¡Griten, porque el Señor les ha entregado la ciudad!». El pueblo gritó, y el muró cayó.
Los dos espías corrieron a la casa de Rahab. Sacaron a ella y a toda su familia. Rahab se salvó porque creyó en Dios. Después, los israelitas destruyeron todo en la ciudad, tal como Dios les había dicho que hicieran.
Lo único que tenían que hacer era tomarla. Pero primero, los israelitas debían vencer al pueblo que vivía allí. Josué envió a dos espías a la ciudad de Jericó.
Ellos se quedaron en la casa de una mujer llamada Rahab. El rey de Jericó escuchó que había espías con Rahab, y envió hombres para encontrarlos. Pero Rahab se había enterado de todo lo que Dios había hecho con el faraón, y creía que el Señor era Dios.
Quería ayudar a Su pueblo, así que escondió a los espías en su techo. Cuando ya pudieron salir, Rahab les dijo: «Sé que el Señor les ha entregado esta tierra. Por favor, tengan piedad de mi familia, ya que yo he sido amable con ustedes. Cuando ataquen Jericó, no nos maten».
Los espías prometieron mantener a salvo a Rahab y su familia. Cuando se fueron, Rahab ató una soga roja brillante en su ventana, para que los israelitas supieran cuál era su casa. Pero había un gran muro que rodeaba Jericó.
Como los habitantes sabían que los israelitas estaban cerca, habían cerrado la ciudad, y nadie podía salir ni entrar. Dios le dijo a Josué cuál era su plan: «He entregado en tus manos Jericó.
Marchen alrededor de la ciudad una vez por día durante seis días. Que los sacerdotes lleven el arca del pacto. Al séptimo día, marchen alrededor de la ciudad siete veces. Después, diles a los sacerdotes que toquen las trompetas. Todo el pueblo gritará, y los muros de Jericó caerán.
Entonces, los israelitas podrán conquistar la ciudad». Josué y los israelitas hicieron exactamente lo que Dios mandó. El primer día, el pueblo marchó una vez alrededor de la ciudad.
Nadie dijo una palabra. Hicieron lo mismo durante seis días. Al séptimo día, marcharon alrededor de la ciudad siete veces. Entonces, los sacerdotes tocaron sus trompetas, y Josué declaró: «¡Griten, porque el Señor les ha entregado la ciudad!». El pueblo gritó, y el muró cayó.
Los dos espías corrieron a la casa de Rahab. Sacaron a ella y a toda su familia. Rahab se salvó porque creyó en Dios. Después, los israelitas destruyeron todo en la ciudad, tal como Dios les había dicho que hicieran.
Conexión con Cristo:Dios les entregó la ciudad de Jericó a los israelitas. Peleó la batalla por ellos y les dijo que no se llevaran nada de la ciudad. Dios prometió proveer para las necesidades de Su pueblo. Jesús habló sobre la provisión de Dios en Mateo 6:33: «Busquen el reino de Dios por encima de todo lo demás y lleven una vida justa, y él les dará todo lo que necesiten». Jesús satisface nuestra mayor necesidad: nos salva de nuestro pecado. Podemos confiar en Él para ser salvos.
Pregunta para relacionar: ¿Quién peleó la batalla de Jericó?
Respuesta para relacionar:Dios peleó por Su pueblo y les entregó Jericó a los israelitas.
Pregunta para relacionar: ¿Quién peleó la batalla de Jericó?
Respuesta para relacionar:Dios peleó por Su pueblo y les entregó Jericó a los israelitas.
Cuando el pueblo de Israel atacó Jericó, Dios les dio una regla: destruir todo; no guardarse nada. Pero un hombre, Acán, desobedeció a Dios.
El Señor se enojó con los israelitas debido a lo que hizo Acán. Después de la caída de Jericó, Josué envió hombres a una ciudad llamada Hai para espiar la tierra. Estos volvieron y dijeron: «No hay mucha gente allí, así que no envíes un gran ejército». Solo unos 3000 hombres fueron a Hai. ¡Pero los vencieron!
Los israelitas huyeron de los hombres de Hai, y 36 de ellos murieron. El pueblo de Dios tenía mucho miedo. Josué se desgarró la ropa y cayó al suelo ante el arca de Dios. «¿Por qué nos hiciste cruzar el río Jordán si vas a dejar que este pueblo nos mate?», preguntó Josué. «¡Cuando los demás pueblos de esta tierra se enteren de que nos asustaron los hombres de Hai, nos atacarán!».
Dios contestó: «¡Levántate! Israel ha pecado y me ha desobedecido. Algunos tomaron cosas que yo les prohibí que se lle- varan. Por eso no pueden vencer a sus enemigos. Yo no estaré con ustedes hasta que se deshagan de las cosas que les dije que destruyeran».
Luego, el Señor indicó: «Dile al pueblo que se purifique. Por la mañana, todos deben presentarse ante mí, de a una tribu a la vez. Cuando escoja una tribu, esta tiene que presentarse clan por clan. Señalaré al clan culpable y ese deberá acercarse, familia por familia. Cuando escoja a la familia culpable, esa familia deberá acercarse, hombre por hombre. El que tenga las cosas prohibidas deberá ser castigado».
El pueblo hizo lo que Dios había mandado. Israel se acercó tribu por tribu, clan por clan, familia por familia y hombre por hombre. Entre todo el pueblo, Dios señaló a Acán. «Dime lo que has hecho», dijo Josué. «No me escondas nada». «Es verdad», respondió Acán. «Cuando fuimos a Jericó, tomé un hermoso manto, algo de plata y una barra de oro. Están enterrados en mi tienda».
Josué envió mensajeros a la tienda de Acán para buscar las cosas. Lo trajeron y se lo dieron a Josué. «¿Por qué nos has causado problemas?», preguntó Josué. «¡Hoy, Dios te castigará!». Entonces, mataron a Acán y a toda su familia. Dios ya no estaba enojado con Israel.
El Señor se enojó con los israelitas debido a lo que hizo Acán. Después de la caída de Jericó, Josué envió hombres a una ciudad llamada Hai para espiar la tierra. Estos volvieron y dijeron: «No hay mucha gente allí, así que no envíes un gran ejército». Solo unos 3000 hombres fueron a Hai. ¡Pero los vencieron!
Los israelitas huyeron de los hombres de Hai, y 36 de ellos murieron. El pueblo de Dios tenía mucho miedo. Josué se desgarró la ropa y cayó al suelo ante el arca de Dios. «¿Por qué nos hiciste cruzar el río Jordán si vas a dejar que este pueblo nos mate?», preguntó Josué. «¡Cuando los demás pueblos de esta tierra se enteren de que nos asustaron los hombres de Hai, nos atacarán!».
Dios contestó: «¡Levántate! Israel ha pecado y me ha desobedecido. Algunos tomaron cosas que yo les prohibí que se lle- varan. Por eso no pueden vencer a sus enemigos. Yo no estaré con ustedes hasta que se deshagan de las cosas que les dije que destruyeran».
Luego, el Señor indicó: «Dile al pueblo que se purifique. Por la mañana, todos deben presentarse ante mí, de a una tribu a la vez. Cuando escoja una tribu, esta tiene que presentarse clan por clan. Señalaré al clan culpable y ese deberá acercarse, familia por familia. Cuando escoja a la familia culpable, esa familia deberá acercarse, hombre por hombre. El que tenga las cosas prohibidas deberá ser castigado».
El pueblo hizo lo que Dios había mandado. Israel se acercó tribu por tribu, clan por clan, familia por familia y hombre por hombre. Entre todo el pueblo, Dios señaló a Acán. «Dime lo que has hecho», dijo Josué. «No me escondas nada». «Es verdad», respondió Acán. «Cuando fuimos a Jericó, tomé un hermoso manto, algo de plata y una barra de oro. Están enterrados en mi tienda».
Josué envió mensajeros a la tienda de Acán para buscar las cosas. Lo trajeron y se lo dieron a Josué. «¿Por qué nos has causado problemas?», preguntó Josué. «¡Hoy, Dios te castigará!». Entonces, mataron a Acán y a toda su familia. Dios ya no estaba enojado con Israel.
Conexión con Cristo: El castigo por el pecado de Acán fue la muerte. Parece exa-gerado, pero la Biblia dice que la paga que deja el pecado es la muerte (Romanos 6:23). Como pecamos, nosotros también merecemos morir. Jesús vino a morir en nuestro lugar. Cuando confesamos nuestros pecados y con- fiamos en Jesús, recibimos perdón y salvación de la muerte espiritual.
Pregunta para relacionar: ¿Qué siente el Señor respecto al pecado?
Respuesta para relacionar: Dios detesta el pecado y lo castiga.
Dios le dijo a Josué «No tengas miedo ni te desanimes. Toma a todos tus hombres y vayan a atacar Hai. Yo les daré la victoria sobre ellos. Pueden quedarse con todo su ganado y los tesoros que encuentren».
Dios le dijo a Josué que preparara una emboscada detrás de la ciudad. Entonces, Josué seleccionó 30.000 hombres, y los envió a la noche a esperar detrás de la ciudad. Josué tenía un plan: el resto del ejército iría con él hacia la ciudad. «Cuando vengan a atacarnos», dijo Josué, «huiremos como hicimos antes. Los llevaremos lejos de la ciudad, y entonces, los hombres que están escondidos atacarán. ¡Le prenderán fuego a la ciudad!».
Era el plan perfecto. Temprano a la mañana siguiente, Josué y sus hombres se dirigieron a la ciudad. El rey de Hai envió sus hombres a pelear. Cuando el enemigo se acercó, Josué y los israelitas hicieron como si estuvieran huyendo atemorizados.
El ejército de Hai los siguió y, así, la ciudad de Hai quedó completamente des- protegida. Dios le dijo a Josué: «Extiende tu espada hacia Hai, porque te entregaré la ciudad». Josué empuñó su espada y los israelitas que se estaban escondiendo detrás de la ciudad salieron e incendiaron Hai.
Los hombres de Hai vieron que la ciudad ardía detrás de ellos. Los israelitas que iban al frente dejaron de huir y regresaron a pelear. ¡El ejército de Hai quedó atrapado! Los israelitas los habían arrinconado desde los dos lados. No había por dónde escapar.
Todo el pueblo de Hai fue destruido. Los israelitas se llevaron el ganado y todo lo de valor de la ciudad, como Dios les había dicho.
Josué construyó un altar para el Señor. Lo hizo tal cual estaba escrito en el libro de la ley de Moisés. Los israelitas sacrificaron ofrendas a Dios, y Josué leyó en voz alta los libros de la ley. Todos escucharon las leyes: desde las mujeres hasta los niños y los extranjeros que estaban con ellos.
Dios le dijo a Josué que preparara una emboscada detrás de la ciudad. Entonces, Josué seleccionó 30.000 hombres, y los envió a la noche a esperar detrás de la ciudad. Josué tenía un plan: el resto del ejército iría con él hacia la ciudad. «Cuando vengan a atacarnos», dijo Josué, «huiremos como hicimos antes. Los llevaremos lejos de la ciudad, y entonces, los hombres que están escondidos atacarán. ¡Le prenderán fuego a la ciudad!».
Era el plan perfecto. Temprano a la mañana siguiente, Josué y sus hombres se dirigieron a la ciudad. El rey de Hai envió sus hombres a pelear. Cuando el enemigo se acercó, Josué y los israelitas hicieron como si estuvieran huyendo atemorizados.
El ejército de Hai los siguió y, así, la ciudad de Hai quedó completamente des- protegida. Dios le dijo a Josué: «Extiende tu espada hacia Hai, porque te entregaré la ciudad». Josué empuñó su espada y los israelitas que se estaban escondiendo detrás de la ciudad salieron e incendiaron Hai.
Los hombres de Hai vieron que la ciudad ardía detrás de ellos. Los israelitas que iban al frente dejaron de huir y regresaron a pelear. ¡El ejército de Hai quedó atrapado! Los israelitas los habían arrinconado desde los dos lados. No había por dónde escapar.
Todo el pueblo de Hai fue destruido. Los israelitas se llevaron el ganado y todo lo de valor de la ciudad, como Dios les había dicho.
Josué construyó un altar para el Señor. Lo hizo tal cual estaba escrito en el libro de la ley de Moisés. Los israelitas sacrificaron ofrendas a Dios, y Josué leyó en voz alta los libros de la ley. Todos escucharon las leyes: desde las mujeres hasta los niños y los extranjeros que estaban con ellos.
Conexión con Cristo: Los israelitas estaban bajo un pacto; y la presencia de Dios en medio de ellos dependía direc- tamente de que obedecieran. Nosotros estamos bajo un nuevo pacto a través de Jesucristo, quien sufrió el castigo por nuestros pecados. Gracias a Cristo, podemos volver a estar bien con Dios. Tenemos victoria sobre nuestros enemigos por nuestra fe en Jesús (Romanos 8:37).
Pregunta para relacionar: ¿Qué hace Dios cuando le obedecemos?
Respuesta para relacionar: Dios bendice a las personas que le obedecen.
Pregunta para relacionar: ¿Qué hace Dios cuando le obedecemos?
Respuesta para relacionar: Dios bendice a las personas que le obedecen.
Josué y los israelitas habían tomado Jericó y Hai. Quedaron en paz con el pueblo de Gabaón, porque los gabaonitas los engañaron.
Habían fingido venir de una tierra lejana, cuando en rea- lidad, eran vecinos de Israel. Cuando Josué descubrió el en- gaño, hizo que los gabaonitas fueran siervos de Israel. Ahora bien, el rey de Jerusalén se enteró de esto. Tenía mucho miedo, porque Gabaón era una ciudad grande, y todos sus hombres eran guerreros.
¡Ahora los gabaonitas y los israelitas estaban del mismo lado! El rey de Jerusalén llamó a otros cuatro reyes de esa tierra. Les dijo: «Vengan a ayudarme. Atacaremos Gabaón, porque hicieron un acuerdo de paz con Josué y los israelitas».
Entonces, los cinco reyes unieron sus fuerzas. Fueron con sus ejércitos y empezaron una guerra contra Gabaón. Los gabaonitas le enviaron un mensaje a Josué: «¡Ayúdanos! ¡Sálvanos! Todos los reyes de esta tierra nos están atacando».
Entonces, Josué y todo su ejército fueron a Gabaón a ayudarlos a pelear. El Señor le dijo a Josué: «No tengas miedo, porque te he entregado a tus enemigos. Ninguno de ellos podrá hacerte frente». Josué y su ejército marcharon toda la noche para llegar a Gabaón. Los israelitas sorprendieron a los ejércitos de los cinco reyes. Entonces, el Señor los confundió, y Josué y sus hombres los vencieron. Mientras los ejércitos enemigos huían, el Señor envió una terrible tormenta de granizo que mató a los que se escapaban. ¡Más hombres murieron por el granizo que por la espada de los israelitas!
Sin embargo, la batalla no había terminado. Josué necesitaba más tiempo para pelear antes de que se pusiera el sol. Así que Josué oró a Dios de manera que todos los israelitas lo escucharan. Dijo: «Que el sol se detenga sobre Gabaón, y la luna, sobre el valle de Ajalón». Dios escuchó la oración de Josué, y el sol y la luna se detuvieron hasta que Israel venció a sus enemigos.
¡El sol se detuvo a mitad del día y no se puso casi por un día entero! Nunca ocu- rrió algo así, ni antes ni después de aquel día. Ese día, Dios escuchó la voz de un hombre y peleó por los israelitas.
Habían fingido venir de una tierra lejana, cuando en rea- lidad, eran vecinos de Israel. Cuando Josué descubrió el en- gaño, hizo que los gabaonitas fueran siervos de Israel. Ahora bien, el rey de Jerusalén se enteró de esto. Tenía mucho miedo, porque Gabaón era una ciudad grande, y todos sus hombres eran guerreros.
¡Ahora los gabaonitas y los israelitas estaban del mismo lado! El rey de Jerusalén llamó a otros cuatro reyes de esa tierra. Les dijo: «Vengan a ayudarme. Atacaremos Gabaón, porque hicieron un acuerdo de paz con Josué y los israelitas».
Entonces, los cinco reyes unieron sus fuerzas. Fueron con sus ejércitos y empezaron una guerra contra Gabaón. Los gabaonitas le enviaron un mensaje a Josué: «¡Ayúdanos! ¡Sálvanos! Todos los reyes de esta tierra nos están atacando».
Entonces, Josué y todo su ejército fueron a Gabaón a ayudarlos a pelear. El Señor le dijo a Josué: «No tengas miedo, porque te he entregado a tus enemigos. Ninguno de ellos podrá hacerte frente». Josué y su ejército marcharon toda la noche para llegar a Gabaón. Los israelitas sorprendieron a los ejércitos de los cinco reyes. Entonces, el Señor los confundió, y Josué y sus hombres los vencieron. Mientras los ejércitos enemigos huían, el Señor envió una terrible tormenta de granizo que mató a los que se escapaban. ¡Más hombres murieron por el granizo que por la espada de los israelitas!
Sin embargo, la batalla no había terminado. Josué necesitaba más tiempo para pelear antes de que se pusiera el sol. Así que Josué oró a Dios de manera que todos los israelitas lo escucharan. Dijo: «Que el sol se detenga sobre Gabaón, y la luna, sobre el valle de Ajalón». Dios escuchó la oración de Josué, y el sol y la luna se detuvieron hasta que Israel venció a sus enemigos.
¡El sol se detuvo a mitad del día y no se puso casi por un día entero! Nunca ocu- rrió algo así, ni antes ni después de aquel día. Ese día, Dios escuchó la voz de un hombre y peleó por los israelitas.
Conexión con Cristo:El nombre Josué significa: «Jehová es salvación». Dios peleó por Josué y los israelitas, salvándolos y dándoles la victoria sobre sus enemigos. Dios trajo salvación al enviar a Su Hijo Jesús a morir en la cruz. Así nos dio la victoria sobre el pecado y la muerte.
Pregunta para relacionar: ¿Qué hace Dios cuando oramos?
Respuesta para relacionar: Dios responde las oraciones de Su pueblo y lo salva.
Muchos años después de que Josué y los israelitas habían tomado Jericó, Hai y vencido a los reyes de la tierra, Josué se estaba volviendo viejo. Entonces, reunió al pueblo y le dijo: «Ustedes han visto todo lo que el Señor hizo: peleó las batallas por ustedes. El resto de esta tierra también será de ustedes. Dios sacará a las personas que viven allí. Entonces, podrán tomar la tierra, tal como el Señor prometió».
Pero Josué les advirtió: «Obedezcan siempre lo que está escrito en la ley de Moisés. No se mezclen con las naciones en esta tierra ni adoren a sus dioses. Sean fieles a Dios y ámenlo. Si se alejan del Señor, Él no los ayudará a ganar sus batallas, y perderán esta tierra».
Josué también reveló: «Voy a morir pronto. Ya saben que Dios ha cumplido todas Sus promesas. Así que también sepan esto: si desobedecen al Señor, Él cumplirá Su promesa de castigarlos».
Después, Josué les recordó a los israelitas todo lo que Dios había hecho por ellos en el pasado. Les habló de Abraham e Isaac, y de Jacob y Esaú. Les recordó cómo Moisés y Aarón ha- bían sido enviados a rescatar a los israelitas.
Les habló sobre las plagas y la separación del mar Rojo. Josué también habló de las muchas batallas que habían ganado porque Dios peleaba por ellos. ¡El Señor había hecho grandes cosas por Su pueblo! Entonces, Josué dijo: «Echen fuera para siempre a los dioses que sus padres adoraron en Egipto y adoren al Señor.
Ustedes tienen que decidir a quién adorarán: a los dioses que sus padres adoraron o al Señor. Pero en cuanto a mí y mi familia, nosotros serviremos al Señor». El pueblo dijo: «Sabemos cuántas cosas hizo Dios por nosotros. Adoraremos al Señor». Josué le advirtió al pueblo: «Si abandonan a Dios para adorar otros dioses, ¡Él se volverá en contra de ustedes y los destruirá!». «¡No!», contestaron. «¡Adoraremos al Señor!».
Entonces, Josué escribió estas cosas en el libro de la ley de Dios. Además, tomó una gran piedra y la acomodó junto al tabernáculo del Señor. «Esta piedra», dijo, «les recordará que sirvan al Señor». Entonces, Josué mandó a cada uno a su hogar. Cada hombre fue a la tierra que se le había dado.
Pero Josué les advirtió: «Obedezcan siempre lo que está escrito en la ley de Moisés. No se mezclen con las naciones en esta tierra ni adoren a sus dioses. Sean fieles a Dios y ámenlo. Si se alejan del Señor, Él no los ayudará a ganar sus batallas, y perderán esta tierra».
Josué también reveló: «Voy a morir pronto. Ya saben que Dios ha cumplido todas Sus promesas. Así que también sepan esto: si desobedecen al Señor, Él cumplirá Su promesa de castigarlos».
Después, Josué les recordó a los israelitas todo lo que Dios había hecho por ellos en el pasado. Les habló de Abraham e Isaac, y de Jacob y Esaú. Les recordó cómo Moisés y Aarón ha- bían sido enviados a rescatar a los israelitas.
Les habló sobre las plagas y la separación del mar Rojo. Josué también habló de las muchas batallas que habían ganado porque Dios peleaba por ellos. ¡El Señor había hecho grandes cosas por Su pueblo! Entonces, Josué dijo: «Echen fuera para siempre a los dioses que sus padres adoraron en Egipto y adoren al Señor.
Ustedes tienen que decidir a quién adorarán: a los dioses que sus padres adoraron o al Señor. Pero en cuanto a mí y mi familia, nosotros serviremos al Señor». El pueblo dijo: «Sabemos cuántas cosas hizo Dios por nosotros. Adoraremos al Señor». Josué le advirtió al pueblo: «Si abandonan a Dios para adorar otros dioses, ¡Él se volverá en contra de ustedes y los destruirá!». «¡No!», contestaron. «¡Adoraremos al Señor!».
Entonces, Josué escribió estas cosas en el libro de la ley de Dios. Además, tomó una gran piedra y la acomodó junto al tabernáculo del Señor. «Esta piedra», dijo, «les recordará que sirvan al Señor». Entonces, Josué mandó a cada uno a su hogar. Cada hombre fue a la tierra que se le había dado.
Conexión con Cristo:Josué fue el siervo elegido por Dios para llevar a los israelitas a la Tierra Prometida. Fue un líder fiel que llevó al pueblo de Dios a un tiempo de paz y descanso físico. Josué nos recuerda a Jesús. Jesús fue el elegido de Dios para ser el Salvador del mundo. Fue un siervo que nos dio la promesa del descanso espiritual eterno con Él en el cielo.
Pregunta para relacionar: ¿Cómo podemos mostrar nuestro amor y fidelidad a Dios?
Respuesta para relacionar: Podemos servir, adorar y obedecer a Dios.
Pregunta para relacionar: ¿Cómo podemos mostrar nuestro amor y fidelidad a Dios?
Respuesta para relacionar: Podemos servir, adorar y obedecer a Dios.
Josué había muerto. Sin un líder fuerte, los israelitas comenzaron a desobedecer a Dios y a adorar dioses e ídolos falsos.
Como Dios se enojó mucho, permitió que un rey enemigo conquistara a los israelitas, y sirvieron a ese rey durante ocho años.
Los israelitas clamaron a Dios, diciendo: «¡Sálvanos!». Entonces, el Señor levantó a Otoniel, para que gobernara Israel como su primer juez.
Otoniel llevó a los israelitas a pelear contra el rey enemigo, y Dios los ayudó a ganar. La tierra tuvo paz durante 40 años, pero después, Otoniel murió.
Entonces, Israel volvió a olvidarse de Dios, así que el Señor permitió que el rey de Moab atacara y venciera a los israelitas. El pueblo de Israel sirvió a Moab durante 18 años.
Los israelitas se acordaron de lo bien que les había ido cuando amaban y obedecían a Dios, así que clamaron para que el Señor volviera a ayudarlos. Dios levantó a Aod para que los salvara. Era un hombre zurdo de la tribu de Benjamín.
Los israelitas enviaron a Aod a ver al rey de Moab, que era un hombre muy gordo. Aod tenía una espada de doble filo escondida bajo sus ropas. Le dijo al rey: «Tengo un mensaje secreto para usted». El rey pidió que se fueran todos sus siervos, para poder estar solo con Aod. Cuando el rey se levantó de su trono, Aod sacó su espada con la mano izquierda, ¡y se la clavó en el vientre al rey! La espada quedó clavada en el vientre del rey, ¡y Aod ni siquiera pudo sacarla!
Aod escapó por el corredor, cerrando las puertas de la habitación detrás de él. Cuando volvieron los sirvientes del rey, Aod ya se había ido. La puerta estaba cerrada, y los sirvientes pensaron que el rey estaba usando el baño. Esperaron, pero el rey nunca abrió la puerta. Los sirvientes se preocuparon, así que abrieron la puerta ¡y encontraron al rey muerto en el suelo! Cuando Aod escapó, sopló un cuerno de carnero para llamar al pueblo. «¡Síganme!», gritó. «El Señor les ha entregado a sus enemigos».
Entonces, los israelitas pelearon contra los moabitas y ganaron. Después, hubo paz en la tierra durante 80 años. Cuando Aod murió, los israelitas volvieron a olvidarse de Dios. Entonces, el Señor les dio a los filisteos poder sobre Israel. El pueblo se acordó de Dios y clamó: «¡Sálvanos!». Entonces, Dios envió a un tercer juez, Samgar, para que los librara.
Como Dios se enojó mucho, permitió que un rey enemigo conquistara a los israelitas, y sirvieron a ese rey durante ocho años.
Los israelitas clamaron a Dios, diciendo: «¡Sálvanos!». Entonces, el Señor levantó a Otoniel, para que gobernara Israel como su primer juez.
Otoniel llevó a los israelitas a pelear contra el rey enemigo, y Dios los ayudó a ganar. La tierra tuvo paz durante 40 años, pero después, Otoniel murió.
Entonces, Israel volvió a olvidarse de Dios, así que el Señor permitió que el rey de Moab atacara y venciera a los israelitas. El pueblo de Israel sirvió a Moab durante 18 años.
Los israelitas se acordaron de lo bien que les había ido cuando amaban y obedecían a Dios, así que clamaron para que el Señor volviera a ayudarlos. Dios levantó a Aod para que los salvara. Era un hombre zurdo de la tribu de Benjamín.
Los israelitas enviaron a Aod a ver al rey de Moab, que era un hombre muy gordo. Aod tenía una espada de doble filo escondida bajo sus ropas. Le dijo al rey: «Tengo un mensaje secreto para usted». El rey pidió que se fueran todos sus siervos, para poder estar solo con Aod. Cuando el rey se levantó de su trono, Aod sacó su espada con la mano izquierda, ¡y se la clavó en el vientre al rey! La espada quedó clavada en el vientre del rey, ¡y Aod ni siquiera pudo sacarla!
Aod escapó por el corredor, cerrando las puertas de la habitación detrás de él. Cuando volvieron los sirvientes del rey, Aod ya se había ido. La puerta estaba cerrada, y los sirvientes pensaron que el rey estaba usando el baño. Esperaron, pero el rey nunca abrió la puerta. Los sirvientes se preocuparon, así que abrieron la puerta ¡y encontraron al rey muerto en el suelo! Cuando Aod escapó, sopló un cuerno de carnero para llamar al pueblo. «¡Síganme!», gritó. «El Señor les ha entregado a sus enemigos».
Entonces, los israelitas pelearon contra los moabitas y ganaron. Después, hubo paz en la tierra durante 80 años. Cuando Aod murió, los israelitas volvieron a olvidarse de Dios. Entonces, el Señor les dio a los filisteos poder sobre Israel. El pueblo se acordó de Dios y clamó: «¡Sálvanos!». Entonces, Dios envió a un tercer juez, Samgar, para que los librara.
Conexión con Cristo: Los jueces salvaron al pueblo de las consecuencias de su pecado, pero no de la causa. El plan de Dios era enviar a un verdadero Salvador (Jesús, Su propio Hijo), para que fuera el Rey de Su pueblo. Jesús salvaría al pueblo de sus pecados para siempre.
Pregunta para relacionar: ¿Cómo cumplimos con el plan de Dios?
Respuesta para relacionar: Dios trabaja en la vida de las per- sonas para cumplir Su plan y salvarlas.
Otoniel, Aod y Samgar habían sido jueces de Israel. Cuando ellos murieron, los israelitas se olvidaron de Dios. Entonces, el Señor permitió que el rey de Canaán los venciera.
El comandante del ejército del rey se llamaba Sísara. Sísara fue cruel con los israelitas durante 20 años. El pueblo recordó lo bien que le había ido cuando amaba y obedecía a Dios.
Entonces, clamaron al Señor: «¡Sálvanos!». Débora, la jueza de Israel en esa época, llamó a Barac, el líder del ejército. Le dijo: «¿Acaso Dios no te ordenó que llevaras a 10.000 hombres al monte Tabor? El Señor te ayudará a vencer a Sísara allí».
Barac respondió: «Si tú vas, yo iré contigo. Pero si no vas, me quedaré aquí». «Iré contigo», contestó Débora. «Pero el Señor le entregará a Sísara a una mujer». Así que Débora, Barac y 10.000 hombres fueron al monte Tabor.
Cuando Sísara escuchó que Barac estaba en el monte Tabor, tomó sus 900 carros de hierro y a todos sus guerreros para luchar. Débora le dijo a Barac: «¡Vamos!
Este es el día en el que Dios te ayudará a vencer a Sísara». Entonces, Barac y sus 10.000 hombres bajaron por la montaña hacia Sísara y su ejército. El Señor confundió a Sísara y a todo su ejército. Barac los persiguió, y todos los del ejército enemigo murieron. Ninguno vivió; excepto Sísara, quien había abandonado su carro y huido a pie.
Sísara fue a la tienda de Jael, la esposa de un aliado. Jael le dijo: «Entra, mi señor. No tengas miedo». Luego, le dio a Sísara un poco de leche y lo cubrió con una manta. Sísara estaba tan cansado que se durmió profundamente. Jael sabía que Sísara era un hombre malvado y un enemigo de Dios. Así que tomó una estaca de la tienda y un martillo, y se acercó silenciosamente al rey. Entonces, ¡le clavó la estaca en la cabeza a Sísara hasta dejarlo clavado en el suelo! ¡Lo mató mientras dormía!
Más tarde, Barac llegó buscando a Sísara. Jael salió a su encuentro y declaró: «Te mostraré al hombre que estás buscando». Barac la siguió a la tienda y vio a Sísara muerto en el suelo, con la estaca clavada en la cabeza. Ese día, Dios ayudó a los israelitas a vencer al rey de Canaán, y hubo paz en la tierra durante 40 años.
El comandante del ejército del rey se llamaba Sísara. Sísara fue cruel con los israelitas durante 20 años. El pueblo recordó lo bien que le había ido cuando amaba y obedecía a Dios.
Entonces, clamaron al Señor: «¡Sálvanos!». Débora, la jueza de Israel en esa época, llamó a Barac, el líder del ejército. Le dijo: «¿Acaso Dios no te ordenó que llevaras a 10.000 hombres al monte Tabor? El Señor te ayudará a vencer a Sísara allí».
Barac respondió: «Si tú vas, yo iré contigo. Pero si no vas, me quedaré aquí». «Iré contigo», contestó Débora. «Pero el Señor le entregará a Sísara a una mujer». Así que Débora, Barac y 10.000 hombres fueron al monte Tabor.
Cuando Sísara escuchó que Barac estaba en el monte Tabor, tomó sus 900 carros de hierro y a todos sus guerreros para luchar. Débora le dijo a Barac: «¡Vamos!
Este es el día en el que Dios te ayudará a vencer a Sísara». Entonces, Barac y sus 10.000 hombres bajaron por la montaña hacia Sísara y su ejército. El Señor confundió a Sísara y a todo su ejército. Barac los persiguió, y todos los del ejército enemigo murieron. Ninguno vivió; excepto Sísara, quien había abandonado su carro y huido a pie.
Sísara fue a la tienda de Jael, la esposa de un aliado. Jael le dijo: «Entra, mi señor. No tengas miedo». Luego, le dio a Sísara un poco de leche y lo cubrió con una manta. Sísara estaba tan cansado que se durmió profundamente. Jael sabía que Sísara era un hombre malvado y un enemigo de Dios. Así que tomó una estaca de la tienda y un martillo, y se acercó silenciosamente al rey. Entonces, ¡le clavó la estaca en la cabeza a Sísara hasta dejarlo clavado en el suelo! ¡Lo mató mientras dormía!
Más tarde, Barac llegó buscando a Sísara. Jael salió a su encuentro y declaró: «Te mostraré al hombre que estás buscando». Barac la siguió a la tienda y vio a Sísara muerto en el suelo, con la estaca clavada en la cabeza. Ese día, Dios ayudó a los israelitas a vencer al rey de Canaán, y hubo paz en la tierra durante 40 años.
Conexión con Cristo: Dios hace todo para Su gloria y nuestro bien (Salmo 115:3; Romanos 8:28). El Señor peleó por los isra- elitas y usó a Débora, Barac y Jael para vencer a Canaán. De manera similar, Dios usa personas y situaciones para sal- varnos de nuestros enemigos y darnos el mayor de los rega- los: la salvación a través de Su Hijo, Jesucristo.
Pregunta para relacionar: ¿Cuál es el objetivo del plan de Dios?
Respuesta para relacionar: El objetivo de Dios es hacer todo lo que sea bueno para nosotros y le dé gloria a Su nombre.
Pregunta para relacionar: ¿Cuál es el objetivo del plan de Dios?
Respuesta para relacionar: El objetivo de Dios es hacer todo lo que sea bueno para nosotros y le dé gloria a Su nombre.
¡Los israelitas volvieron a alejarse de Dios! Entonces, el Señor los entregó para que los gobernara Madián durante siete años. Los madianitas robaban las cosechas y la comida de los israelitas y los dejaban sin nada para comer. Además, se llevaban las ovejas, los bueyes y los burros. Israel se volvió sumamente pobre. Recordó lo bien que le había ido cuando amaba y obedecía a Dios, y clamó al Señor: «¡Sálvanos!»
El ángel del Señor se le apareció a un hombre llamado Gedeón y anunció: «¡El Señor está contigo, guerrero valiente!». En ese momento, Gedeón estaba escondido trillando algo de trigo. Las palabras del ángel lo asustaron.
Él no se sentía como un guerrero valiente. Era el hijo menor de la familia más débil de su tribu. ¿Cómo podía salvar a Israel? Sin embargo, Dios le dijo: «Yo estaré contigo». Gedeón llamó a todos los hombres para alistarse para pelear contra los madianitas. Pero antes de ir a la batalla, quiso una señal del Señor.
«Colocaré un vellón de lana en el suelo», dijo Gedeón. «Si el vellón aparece mojado de rocío pero el suelo alrededor está seco, creeré que estás conmigo». Y eso fue exactamente lo que sucedió. El vellón estaba tan mojado, que Gedeón exprimió la lana ¡y sacó un tazón lleno de agua! Después, Gedeón pidió otra señal. Esta vez, el vellón estaba seco y el suelo mojado.
Entonces, Gedeón preparó a sus hombres para la batalla. Sin embargo, Dios le dijo: «Tienes demasiados hombres. Diles a los que tienen miedo que regresen a sus casas». Muchos hombres se fueron… solo 10.000 se quedaron a luchar. «Todavía son muchos», declaró Dios. Así que les hizo una prueba.
Todos los hombres fueron al río a beber. Los que bebieran el agua en sus manos lamiéndola podían quedarse. Los que se arrodillaran a beber directamente desde el arroyo se irían a su casa. Quedaron 300 hombres nada más. Al próximo día, Gedeón y sus 300 guerreros rodearon el campo madianita.
Llevaban trompetas, antorchas y vasijas. Cuando Gedeón dio la señal, hicieron sonar las trompetas y rompieron las vasijas. Dios hizo que los madianitas se pelearan entre ellos, y todo el ejército enemigo huyó. Gedeón y sus hom- bres los persiguieron y mataron a los reyes de Madián.
Los israelitas le dijeron a Gedeón: «Gobiérnanos, porque nos salvaste de los madianitas». «Yo no los gobernaré», contestó Gedeón. «Dios lo hará» Pero cuando Gedeón murió, los israelitas otra vez adoraron a dioses falsos.
El ángel del Señor se le apareció a un hombre llamado Gedeón y anunció: «¡El Señor está contigo, guerrero valiente!». En ese momento, Gedeón estaba escondido trillando algo de trigo. Las palabras del ángel lo asustaron.
Él no se sentía como un guerrero valiente. Era el hijo menor de la familia más débil de su tribu. ¿Cómo podía salvar a Israel? Sin embargo, Dios le dijo: «Yo estaré contigo». Gedeón llamó a todos los hombres para alistarse para pelear contra los madianitas. Pero antes de ir a la batalla, quiso una señal del Señor.
«Colocaré un vellón de lana en el suelo», dijo Gedeón. «Si el vellón aparece mojado de rocío pero el suelo alrededor está seco, creeré que estás conmigo». Y eso fue exactamente lo que sucedió. El vellón estaba tan mojado, que Gedeón exprimió la lana ¡y sacó un tazón lleno de agua! Después, Gedeón pidió otra señal. Esta vez, el vellón estaba seco y el suelo mojado.
Entonces, Gedeón preparó a sus hombres para la batalla. Sin embargo, Dios le dijo: «Tienes demasiados hombres. Diles a los que tienen miedo que regresen a sus casas». Muchos hombres se fueron… solo 10.000 se quedaron a luchar. «Todavía son muchos», declaró Dios. Así que les hizo una prueba.
Todos los hombres fueron al río a beber. Los que bebieran el agua en sus manos lamiéndola podían quedarse. Los que se arrodillaran a beber directamente desde el arroyo se irían a su casa. Quedaron 300 hombres nada más. Al próximo día, Gedeón y sus 300 guerreros rodearon el campo madianita.
Llevaban trompetas, antorchas y vasijas. Cuando Gedeón dio la señal, hicieron sonar las trompetas y rompieron las vasijas. Dios hizo que los madianitas se pelearan entre ellos, y todo el ejército enemigo huyó. Gedeón y sus hom- bres los persiguieron y mataron a los reyes de Madián.
Los israelitas le dijeron a Gedeón: «Gobiérnanos, porque nos salvaste de los madianitas». «Yo no los gobernaré», contestó Gedeón. «Dios lo hará» Pero cuando Gedeón murió, los israelitas otra vez adoraron a dioses falsos.
Conexión con Cristo:Conexión con Cristo: Los israelitas clamaron a Dios porque sabían que no podían salvarse a sí mismos. Incluso Gedeón no podía salvarlos solo; Dios usó a Gedeón para salvar a Su pueblo, pero peleó la batalla por ellos. El pueblo necesitaba a alguien que pudiera salvarlos. Jesucristo vino a rescatarnos del pecado porque no podemos salvarnos solos. Solamente Dios, a través de Cristo, puede salvarnos.
Pregunta para relacionar: ¿Cómo debemos responder cuando Dios nos pide que hagamos algo?
Respuesta para relacionar: Tenemos que obedecer al Señor y confiar en que nos ayudará.
Pregunta para relacionar: ¿Cómo debemos responder cuando Dios nos pide que hagamos algo?
Respuesta para relacionar: Tenemos que obedecer al Señor y confiar en que nos ayudará.
Los israelitas volvieron a desobedecer, así que Dios los entregó en manos de los filisteos durante 40 años. Sin embargo, Manoa y su esposa seguían adorando a Dios. Un día, el ángel del Señor apareció y le dijo a la esposa de Manoa que tendría un hijo. «No le cortes jamás el cabello, porque será un nazareo», declaró el ángel. «Él salvará a Israel de los filisteos».
La esposa de Manoa tuvo un hijo y lo llamó Sansón. Dios le dio una fuerza increíble. Cuando Sansón creció, quiso casarse con una filistea. Al viajar a la ciudad para casarse, encontró un león muerto, y adentro tenía un enjambre de abejas y miel.
Entonces, Sansón les contó este acertijo a los filisteos: Del que come, salió algo para comer; y del fuerte, salió algo dulce. Sansón hablaba de la miel, pero los filisteos no pudieron resolver el acertijo. Amenazaron con matar a la esposa de Sansón si no los ayudaba.
La esposa de Sansón lloró hasta que él le dijo la respuesta, y ella se la contó a los hombres. Sansón estaba tan enojado que dejó a su mujer y se marchó.
Más tarde, volvió a buscarla, pero su padre se la había entregado a otro hombre. Sansón estaba furioso, así que ató antorchas a las colas de 300 zorras. Entonces, encendió las antorchas y soltó las zorras en los campos de los filisteos. Cuando los filisteos intentaron capturar a Sansón, ¡él mató a 1000 hombres con la quijada de un burro! Más adelante, Sansón se enamoró de Dalila.
Los filisteos le ofrecieron mucho dinero a Dalila para que les revelara el secreto de la fuerza de Sansón. Entonces, Dalila le preguntó a Sansón: «¿Qué te hace tan fuerte? ¿Cómo permanecerías atado?». Sansón dijo que podían atarlo con cuerdas de arco nuevas. Pero eso no funcionó.
Dalila fastidió y fastidió a Sansón hasta que él le contestó: «Si me cortan el cabello, pierdo mi fuerza». Dalila llamó a los filisteos. Mientras Sansón dormía, le cortaron el cabello. Dalila despertó a Sansón gritando: «¡Los filisteos están aquí para matarte!».
Sansón intentó luchar, pero su fuerza había desaparecido. Los filisteos dejaron ciego a Sansón y lo arrojaron a una prisión, donde su cabello comenzó a crecer. Un día, los filisteos colocaron a Sansón entre dos pilares en el templo de su dios Dagón.
Sansón clamó a Dios: «Por favor, dame fuerza una vez más». Dios lo hizo, y Sansón empujó los pilares hasta que el templo se derrumbó. Sansón y todos los filisteos murieron allí.
La esposa de Manoa tuvo un hijo y lo llamó Sansón. Dios le dio una fuerza increíble. Cuando Sansón creció, quiso casarse con una filistea. Al viajar a la ciudad para casarse, encontró un león muerto, y adentro tenía un enjambre de abejas y miel.
Entonces, Sansón les contó este acertijo a los filisteos: Del que come, salió algo para comer; y del fuerte, salió algo dulce. Sansón hablaba de la miel, pero los filisteos no pudieron resolver el acertijo. Amenazaron con matar a la esposa de Sansón si no los ayudaba.
La esposa de Sansón lloró hasta que él le dijo la respuesta, y ella se la contó a los hombres. Sansón estaba tan enojado que dejó a su mujer y se marchó.
Más tarde, volvió a buscarla, pero su padre se la había entregado a otro hombre. Sansón estaba furioso, así que ató antorchas a las colas de 300 zorras. Entonces, encendió las antorchas y soltó las zorras en los campos de los filisteos. Cuando los filisteos intentaron capturar a Sansón, ¡él mató a 1000 hombres con la quijada de un burro! Más adelante, Sansón se enamoró de Dalila.
Los filisteos le ofrecieron mucho dinero a Dalila para que les revelara el secreto de la fuerza de Sansón. Entonces, Dalila le preguntó a Sansón: «¿Qué te hace tan fuerte? ¿Cómo permanecerías atado?». Sansón dijo que podían atarlo con cuerdas de arco nuevas. Pero eso no funcionó.
Dalila fastidió y fastidió a Sansón hasta que él le contestó: «Si me cortan el cabello, pierdo mi fuerza». Dalila llamó a los filisteos. Mientras Sansón dormía, le cortaron el cabello. Dalila despertó a Sansón gritando: «¡Los filisteos están aquí para matarte!».
Sansón intentó luchar, pero su fuerza había desaparecido. Los filisteos dejaron ciego a Sansón y lo arrojaron a una prisión, donde su cabello comenzó a crecer. Un día, los filisteos colocaron a Sansón entre dos pilares en el templo de su dios Dagón.
Sansón clamó a Dios: «Por favor, dame fuerza una vez más». Dios lo hizo, y Sansón empujó los pilares hasta que el templo se derrumbó. Sansón y todos los filisteos murieron allí.
Conexión con Cristo:Dios levantó a Sansón como el último juez, para librar a los israelitas de los filisteos. Al morir, Sansón mató a más filisteos de los que mató mientras vivía. Jesús vendría como el Libertador supremo, para salvar mediante Su vida y Su muerte a los que confiaran en Él.
Pregunta para relacionar: ¿Qué debo hacer cuando peco?
Respuesta para relacionar: Tengo que pedirle perdón a Dios.
Pregunta para relacionar: ¿Qué debo hacer cuando peco?
Respuesta para relacionar: Tengo que pedirle perdón a Dios.
Durante la época de los jueces, una mujer llamada Noemí vivía en Belén con su esposo, Elimelec y sus dos hijos. Como había mucha hambre en la tierra, viajaron a Moab, donde había comida.
Mientras estaban en Moab, Elimelec murió. Los hijos de Noemí se casaron con mujeres moabitas: Orfa y Rut. Pero poco después, ¡los hijos de Noemí también murieron! Noemí se enteró de que ya no había escasez en Belén, así que decidió volver a su hogar, y les dijo a Orfa y a Rut que volvieran con sus familias.
Llorando, Orfa besó a su suegra y se despidió. Pero Rut se quedó con Noemí y le dijo: «Adonde tú vayas, yo iré, y donde vivas, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios será mi Dios». Noemí y Rut viajaron a Belén.
Era el principio de la cosecha de la cebada, así que Rut fue a los campos a recoger los granos que dejaban caer los trabajadores. Esa sería su comida. Rut fue al campo de Booz, un buen hombre de la familia de Elimelec. Booz vio a Rut y preguntó quién era.
Cuando se enteró de que era la nuera de Noemí, le dijo: «No vayas a ningún otro campo. Quédate aquí con mis siervos y estarás a salvo». Después se aseguró de que Rut tuviera suficiente comida. «¿Por qué eres tan amable?», preguntó Rut. «He escuchado todo lo que has hecho por Noemí», le respondió. Rut le contó a Noemí lo que había sucedido con Booz. «Es uno de los redentores de nuestra familia», dijo Noemí. (El redentor de una familia era alguien que ayudaba a sus parientes si estos tenían problemas.) Noemí le dijo a Rut que siguiera trabajando en sus campos.
Noemí quería que Rut tuviera un esposo que la cuidara. Al finalizar la cosecha, le dijo a Rut que se pusiera su mejor ropa. Entonces, envió a Rut al campo de trillar a que se acostara a los pies de Booz. De esta manera, Rut le demostraría que esperaba que se casara con ella. Booz prometió casarse con ella.
Llenó su manto de grano y la envió de regreso con Noemí. Booz volvió a comprar la tierra que le pertenecía al esposo de Noemí, y se casó con Rut. Tuvieron un hijo llamado Obed, y Noemí lo cuidó. Cuando Obed creció, se casó y fue el padre de Isaí, que fue el padre del rey David.
Mientras estaban en Moab, Elimelec murió. Los hijos de Noemí se casaron con mujeres moabitas: Orfa y Rut. Pero poco después, ¡los hijos de Noemí también murieron! Noemí se enteró de que ya no había escasez en Belén, así que decidió volver a su hogar, y les dijo a Orfa y a Rut que volvieran con sus familias.
Llorando, Orfa besó a su suegra y se despidió. Pero Rut se quedó con Noemí y le dijo: «Adonde tú vayas, yo iré, y donde vivas, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios será mi Dios». Noemí y Rut viajaron a Belén.
Era el principio de la cosecha de la cebada, así que Rut fue a los campos a recoger los granos que dejaban caer los trabajadores. Esa sería su comida. Rut fue al campo de Booz, un buen hombre de la familia de Elimelec. Booz vio a Rut y preguntó quién era.
Cuando se enteró de que era la nuera de Noemí, le dijo: «No vayas a ningún otro campo. Quédate aquí con mis siervos y estarás a salvo». Después se aseguró de que Rut tuviera suficiente comida. «¿Por qué eres tan amable?», preguntó Rut. «He escuchado todo lo que has hecho por Noemí», le respondió. Rut le contó a Noemí lo que había sucedido con Booz. «Es uno de los redentores de nuestra familia», dijo Noemí. (El redentor de una familia era alguien que ayudaba a sus parientes si estos tenían problemas.) Noemí le dijo a Rut que siguiera trabajando en sus campos.
Noemí quería que Rut tuviera un esposo que la cuidara. Al finalizar la cosecha, le dijo a Rut que se pusiera su mejor ropa. Entonces, envió a Rut al campo de trillar a que se acostara a los pies de Booz. De esta manera, Rut le demostraría que esperaba que se casara con ella. Booz prometió casarse con ella.
Llenó su manto de grano y la envió de regreso con Noemí. Booz volvió a comprar la tierra que le pertenecía al esposo de Noemí, y se casó con Rut. Tuvieron un hijo llamado Obed, y Noemí lo cuidó. Cuando Obed creció, se casó y fue el padre de Isaí, que fue el padre del rey David.
Conexión con Cristo: Booz era el redentor de su familia. Esto significa que ayudaría a sus familiares si estos tenían problemas. Booz cuidó a Rut y a Noemí porque sus esposos habían muerto. De manera similar, Jesús es nuestro Redentor. Necesitamos ayuda por nuestro pecado. Jesús nos trajo salvación al soportar nuestro pecado cuando murió en la cruz.
Pregunta para relacionar: ¿Quién es nuestro redentor?
Respuesta para relacionar: Jesús es nuestro Redentor porque nos salva de nuestros pecados.
Había un hombre que se llamaba Elcana, que vivía con sus dos esposas, Ana y Penina. Penina era mala con Ana, porque Dios no le había dado hijos. Todos los años, Elcana iba al tabernáculo a adorar a Dios, y Ana y Penina iban con él. Y todos los años, Penina se burlaba de Ana hasta que la hacía llorar.
Ana fue al tabernáculo y oró al Señor. Mientras lloraba con muchas lágrimas, prometió: «Señor, si me das un hijo, él te servirá toda su vida». Elí, el sacerdote, estaba sentado ahí cerca. No podía escucharla, pero veía que sus labios se movían. Elí pensó que estaba borracha y la reprendió.
Pero Ana respondió: «Tengo el corazón roto. He estado derramando mi corazón ante el Señor». Entonces, Elí le dijo: «Ve en paz. Y que Dios responda tus oraciones». Ana regresó a su casa, y Dios respondió sus oraciones. Tuvo un hijo, y lo llamó Samuel.
Cuando Samuel ya no era un bebé, Ana lo llevó al tabernáculo con Elí, y le recordó quién era. «Dios me dio este muchacho», explicó, «y ahora yo se lo en- trego al Señor». Ana volvió a su casa y dejó a Samuel con Elí, para que sirviera a Dios. Cada año, le hacía una túnica nueva a Samuel y se la llevaba. Dios le dio a Ana tres hijos más y dos hijas. Ahora, Elí ya estaba muy viejo.
Sus hijos también eran sacer- dotes, pero eran hombres malvados que pecaban contra Dios. Sin embargo, Samuel agradaba a Dios. Una noche, el Señor llamó a Samuel. El muchacho pensó que era Elí el que lo llamaba. Corrió a Elí, diciendo: «¡Aquí estoy!». Pero Elí respondió: «Yo no te llamé. Vuelve a acostarte».
Dos veces más, el Señor llamó a Samuel, y las dos veces, Sa- muel corrió a ver a Elí. Después de la tercera vez, Elí por fin comprendió que Dios era el que estaba llamando a Samuel, y le dijo cómo debía responder. Otra vez, Dios llamó: «¡Samuel, Samuel!». Esta vez, Samuel respondió: «Habla, que tu siervo escucha». Dios le dijo a Samuel que juzgaría a los hijos de Elí por sus pecados.
Al día siguiente, Elí preguntó qué había dicho Dios. Samuel tenía miedo de decirle, pero Elí insistió. Entonces, Elí dijo: «Él es el Señor. Hará lo que crea correcto». Mientras Samuel crecía, Dios estaba con él. Todos en Israel sabían que Samuel era el mensajero de Dios.
Ana fue al tabernáculo y oró al Señor. Mientras lloraba con muchas lágrimas, prometió: «Señor, si me das un hijo, él te servirá toda su vida». Elí, el sacerdote, estaba sentado ahí cerca. No podía escucharla, pero veía que sus labios se movían. Elí pensó que estaba borracha y la reprendió.
Pero Ana respondió: «Tengo el corazón roto. He estado derramando mi corazón ante el Señor». Entonces, Elí le dijo: «Ve en paz. Y que Dios responda tus oraciones». Ana regresó a su casa, y Dios respondió sus oraciones. Tuvo un hijo, y lo llamó Samuel.
Cuando Samuel ya no era un bebé, Ana lo llevó al tabernáculo con Elí, y le recordó quién era. «Dios me dio este muchacho», explicó, «y ahora yo se lo en- trego al Señor». Ana volvió a su casa y dejó a Samuel con Elí, para que sirviera a Dios. Cada año, le hacía una túnica nueva a Samuel y se la llevaba. Dios le dio a Ana tres hijos más y dos hijas. Ahora, Elí ya estaba muy viejo.
Sus hijos también eran sacer- dotes, pero eran hombres malvados que pecaban contra Dios. Sin embargo, Samuel agradaba a Dios. Una noche, el Señor llamó a Samuel. El muchacho pensó que era Elí el que lo llamaba. Corrió a Elí, diciendo: «¡Aquí estoy!». Pero Elí respondió: «Yo no te llamé. Vuelve a acostarte».
Dos veces más, el Señor llamó a Samuel, y las dos veces, Sa- muel corrió a ver a Elí. Después de la tercera vez, Elí por fin comprendió que Dios era el que estaba llamando a Samuel, y le dijo cómo debía responder. Otra vez, Dios llamó: «¡Samuel, Samuel!». Esta vez, Samuel respondió: «Habla, que tu siervo escucha». Dios le dijo a Samuel que juzgaría a los hijos de Elí por sus pecados.
Al día siguiente, Elí preguntó qué había dicho Dios. Samuel tenía miedo de decirle, pero Elí insistió. Entonces, Elí dijo: «Él es el Señor. Hará lo que crea correcto». Mientras Samuel crecía, Dios estaba con él. Todos en Israel sabían que Samuel era el mensajero de Dios.
Conexión con Cristo: Samuel se transformó en un profeta para la nación de Israel. Usó las palabras de Dios para co- municarle al pueblo cómo es Dios. Juan 1:1 afirma que Jesús es la Palabra. Dios envió a Jesús a la tierra como Dios hecho carne. Jesús le mostró al mundo cómo es Dios, y enseñó a las personas que tenían que alejarse de su pecado. Al final, Jesús les dio a los pecadores el poder de dejar de pecar al morir por sus pecados en la cruz y resucitar.
Pregunta para relacionar: ¿Quién le habló a Samuel?
Respuesta para relacionar: Dios le habló a Samuel, y Samuel escuchó.
Pregunta para relacionar: ¿Quién le habló a Samuel?
Respuesta para relacionar: Dios le habló a Samuel, y Samuel escuchó.
Los filisteos eran enemigos del pueblo de Israel. Los israelitas fueron a batallar contra los filisteos, pero los filisteos ganaron y mataron a unos 4000 israelitas. «¿Por qué Dios permitió que perdiéramos esta batalla?», pre- guntaron los líderes de Israel.
En el pasado, Dios los había ayudado a vencer a sus enemigos. Pero en lugar de preguntarle a Dios lo que habían hecho mal, los israelitas decidieron llevar el arca de Dios —a veces llamada el arca del pacto— al campo de batalla. (El arca de Dios era una caja de madera recubierta de oro, que recordaba que el Señor estaba con Su pueblo.)
Los hijos de Elí eran sacerdotes, y tenían el arca de Dios, pero eran hombres malvados. No le pidieron a Dios que los ayudara a pelear, simplemente tomaron el arca y la llevaron al campamento israelita. Cuando el ejército israelita vio el arca, gritó tan fuerte que el suelo tembló. ¡Sin duda, ahora ganarían la batalla! Los filisteos escucharon el grito, pero no entendieron lo que sucedía.
Cuando escucharon que los israelitas tenían el arca de Dios, ¡entraron en pánico! Podían luchar en contra de hombres, ¿pero quién podía pelear contra Dios? Sin embargo, los filisteos pelearon, ¡y volvieron a ganar! Mataron a miles de israelitas, incluidos los hijos de Elí. ¡Pero lo peor de todo fue que se robaron el arca de Dios! Uno de los soldados israelitas escapó de la batalla y corrió a decirle al sacerdote Elí lo que había sucedido.
Cuando Elí escuchó la noticia, se cayó hacia atrás en su silla, se rompió el cuello y murió. Los filisteos llevaron el arca de Dios a un templo en donde se adoraba a Dagón, un dios falso. Colocaron el arca junto a la estatua de Dagón. A la mañana siguiente, los filisteos descubrieron que la estatua de Dagón se había caído de cara al suelo frente al arca de Dios. Entonces, volvieron a ponerla en su lugar. Pero al día siguiente, estaba otra vez con la cara en el suelo.
Esta vez, la cabeza y las manos se habían roto. Los filisteos llevaron el arca a otra ciudad, pero la gente que vivía allí se enfermó gravemente. Volvieron a mover el arca, y la gente se enfermó una vez más. Dondequiera que llevaban el arca de Dios, el Señor castigaba al pueblo que vivía allí. Los filisteos tenían mucho miedo. No querían que Dios los castigara más, así que decidieron devolverles el arca de Dios a los israelitas.
En el pasado, Dios los había ayudado a vencer a sus enemigos. Pero en lugar de preguntarle a Dios lo que habían hecho mal, los israelitas decidieron llevar el arca de Dios —a veces llamada el arca del pacto— al campo de batalla. (El arca de Dios era una caja de madera recubierta de oro, que recordaba que el Señor estaba con Su pueblo.)
Los hijos de Elí eran sacerdotes, y tenían el arca de Dios, pero eran hombres malvados. No le pidieron a Dios que los ayudara a pelear, simplemente tomaron el arca y la llevaron al campamento israelita. Cuando el ejército israelita vio el arca, gritó tan fuerte que el suelo tembló. ¡Sin duda, ahora ganarían la batalla! Los filisteos escucharon el grito, pero no entendieron lo que sucedía.
Cuando escucharon que los israelitas tenían el arca de Dios, ¡entraron en pánico! Podían luchar en contra de hombres, ¿pero quién podía pelear contra Dios? Sin embargo, los filisteos pelearon, ¡y volvieron a ganar! Mataron a miles de israelitas, incluidos los hijos de Elí. ¡Pero lo peor de todo fue que se robaron el arca de Dios! Uno de los soldados israelitas escapó de la batalla y corrió a decirle al sacerdote Elí lo que había sucedido.
Cuando Elí escuchó la noticia, se cayó hacia atrás en su silla, se rompió el cuello y murió. Los filisteos llevaron el arca de Dios a un templo en donde se adoraba a Dagón, un dios falso. Colocaron el arca junto a la estatua de Dagón. A la mañana siguiente, los filisteos descubrieron que la estatua de Dagón se había caído de cara al suelo frente al arca de Dios. Entonces, volvieron a ponerla en su lugar. Pero al día siguiente, estaba otra vez con la cara en el suelo.
Esta vez, la cabeza y las manos se habían roto. Los filisteos llevaron el arca a otra ciudad, pero la gente que vivía allí se enfermó gravemente. Volvieron a mover el arca, y la gente se enfermó una vez más. Dondequiera que llevaban el arca de Dios, el Señor castigaba al pueblo que vivía allí. Los filisteos tenían mucho miedo. No querían que Dios los castigara más, así que decidieron devolverles el arca de Dios a los israelitas.
Conexión con Cristo:El arca de Dios era importante para los israelitas porque les recordaba que el Señor estaba con ellos. Años más tarde, Dios le dio a Su pueblo una señal mayor de que estaba con ellos: les dio a Su Hijo Jesús, Dios hecho hombre. Uno de los nombres de Jesús es Emanuel, que significa «Dios con nosotros».
Pregunta para relacionar: ¿Por qué era tan importante el arca de Dios?
Respuesta para relacionar: El arca le recordaba al pueblo de Dios que el Señor estaba con ellos.
Pregunta para relacionar: ¿Por qué era tan importante el arca de Dios?
Respuesta para relacionar: El arca le recordaba al pueblo de Dios que el Señor estaba con ellos.
Durante muchos años, Israel había sido gobernado por jueces. En ese momento, Samuel era el juez de Israel. Como se estaba poniendo viejo, nombró a sus dos hijos, Joel y Abías, jueces sobre Israel.
Sin embargo, no eran hombres honestos ni justos. Los líderes de Israel le dijeron a Samuel: «No queremos que tus hijos nos dirijan. ¡Queremos un rey!». Todas las demás naciones vecinas a Israel tenían reyes, y los israelitas también querían uno. Entonces, Samuel oró a Dios. «Dale al pueblo lo que quiere», respondió el Señor. «No te están rechazando a ti.
Me están rechazando a mí como su rey. Dales lo que quieren, pero adviérteles cómo será tener un rey terrenal». Samuel les comunicó a los israelitas lo que Dios había dicho. Después, advirtió: «Un rey tomará sus hijos para que sirvan en el ejército y a sus hijas como siervas. Se quedará con parte de sus cosechas y sus ganados. Incluso ustedes mismos pueden transformarse en sus sirvientes.
Un día, clamarán arrepentidos por el rey que han elegido, pero Dios no les responderá». Sin embargo, el pueblo no quiso escuchar. «¡Danos un rey!», gritaban. Entonces, Dios dijo: «Dales un rey». Mientras tanto, un hombre rico llamado Cis estaba buscando unos burros que se le habían perdido. Cis envió a su hijo Saúl con un siervo a buscarlos. Saúl era hermoso y alto; les llevaba una cabeza a todos los demás. Saúl y su siervo buscaron los burros, pero no pudieron encontrarlos.
Saúl estaba listo para darse por vencido, cuando su sirviente dijo: «Hay un hombre de Dios en esta ciudad. Quizás él pueda decirnos adónde ir». Saúl y su sirviente encontraron al hombre de Dios… ¡era Samuel! Dios le había dicho a Samuel que Saúl vendría y que tenía que ungirlo rey.
Entonces, Samuel dijo: «No te preocupes por los burros. Ya los encontraron». Después, invitó a Saúl a comer con él. A la mañana siguiente, Samuel le reveló a Saúl que Dios lo había elegido para ser el rey de Israel, y derramó aceite sobre su cabeza para ungirlo como rey. Entonces, Saúl se fue a su casa, y el Espíritu de Dios estaba con él. Más adelante, Samuel reunió a los israelitas para presentarles a Saúl como su nuevo rey, ¡pero no podían encontrarlo! Dios anunció: «Está escondido entre el equipaje». El pueblo salió corriendo a buscar a Saúl. «¡Larga vida al rey!», gritaron.
Sin embargo, no eran hombres honestos ni justos. Los líderes de Israel le dijeron a Samuel: «No queremos que tus hijos nos dirijan. ¡Queremos un rey!». Todas las demás naciones vecinas a Israel tenían reyes, y los israelitas también querían uno. Entonces, Samuel oró a Dios. «Dale al pueblo lo que quiere», respondió el Señor. «No te están rechazando a ti.
Me están rechazando a mí como su rey. Dales lo que quieren, pero adviérteles cómo será tener un rey terrenal». Samuel les comunicó a los israelitas lo que Dios había dicho. Después, advirtió: «Un rey tomará sus hijos para que sirvan en el ejército y a sus hijas como siervas. Se quedará con parte de sus cosechas y sus ganados. Incluso ustedes mismos pueden transformarse en sus sirvientes.
Un día, clamarán arrepentidos por el rey que han elegido, pero Dios no les responderá». Sin embargo, el pueblo no quiso escuchar. «¡Danos un rey!», gritaban. Entonces, Dios dijo: «Dales un rey». Mientras tanto, un hombre rico llamado Cis estaba buscando unos burros que se le habían perdido. Cis envió a su hijo Saúl con un siervo a buscarlos. Saúl era hermoso y alto; les llevaba una cabeza a todos los demás. Saúl y su siervo buscaron los burros, pero no pudieron encontrarlos.
Saúl estaba listo para darse por vencido, cuando su sirviente dijo: «Hay un hombre de Dios en esta ciudad. Quizás él pueda decirnos adónde ir». Saúl y su sirviente encontraron al hombre de Dios… ¡era Samuel! Dios le había dicho a Samuel que Saúl vendría y que tenía que ungirlo rey.
Entonces, Samuel dijo: «No te preocupes por los burros. Ya los encontraron». Después, invitó a Saúl a comer con él. A la mañana siguiente, Samuel le reveló a Saúl que Dios lo había elegido para ser el rey de Israel, y derramó aceite sobre su cabeza para ungirlo como rey. Entonces, Saúl se fue a su casa, y el Espíritu de Dios estaba con él. Más adelante, Samuel reunió a los israelitas para presentarles a Saúl como su nuevo rey, ¡pero no podían encontrarlo! Dios anunció: «Está escondido entre el equipaje». El pueblo salió corriendo a buscar a Saúl. «¡Larga vida al rey!», gritaron.
Conexión con Cristo:Los israelitas exigieron un rey, así que Samuel ungió a Saúl. No estaba mal que los israelitas quisieran un rey; Dios quería que un rey los gobernara. Pero los israelitas habían rechazado al Señor. No confiaban en que Él los gobernara. Dios tenía un plan de enviar un día a Su Hijo Jesús a reinar sobre Israel. Jesús sería el Rey perfecto y traería paz y salvación.
Pregunta para relacionar: ¿Qué clase de rey planeaba Dios darle a Israel?
Respuesta para relacionar: Dios planeaba enviar al Rey perfecto: a Jesucristo.
Pregunta para relacionar: ¿Qué clase de rey planeaba Dios darle a Israel?
Respuesta para relacionar: Dios planeaba enviar al Rey perfecto: a Jesucristo.
Como rey de Israel, Saúl reunió un ejército para luchar contra sus enemigos, los filisteos. Algunos hombres fueron con Saúl a la zona montañosa y el resto fue con Jonatán, el hijo de Saúl, a un lugar llamado Guibeá.
Jonatán condujo a sus hombres a atacar y destruir un campamento del ejército filisteo. Entonces, los filisteos reunieron a su ejército para pelear contra Israel. Saúl envió mensajeros por todo Israel, llamando a más hombres para que ayudaran a pelear.
¡Los filisteos tenían 3000 carros, 6000 hombres a caballo y más soldados a pie de los que se podían contar! Cuando los israelitas los vieron, se llenaron de miedo.
Se escondieron en cuevas, matorrales y pozos. Samuel le había dicho a Saúl que lo esperara siete días, hasta que llegara y le dijera a Saúl qué debía hacer. Saúl esperó, pero Samuel no llegó. Los soldados de Saúl comenzaron a irse. Como no quería esperar más, Saúl hizo un sacrificio para Dios. (¡Esto era un pecado! Saúl era el rey, no el sacerdote. Solo los sacerdotes podían ofrecer sacrificios.)
Cuando Saúl terminó de presentar su ofrenda, llegó Samuel. «¿Qué has hecho?», preguntó Samuel. «¡Los hombres se iban! Quise pedir la ayuda de Dios para luchar contra los filisteos», respondió Saúl. «Has desobedecido a Dios», declaró Saúl. «No serás rey durante mucho tiempo más. Dios encontrará un rey que le obedezca».
Tiempo después, Samuel fue a ver a Saúl con un mensaje de Dios. Dios quería que Saúl atacara a los amalecitas y destruyera su pueblo y sus animales. Entonces, Saúl y su ejército lucharon contra los amalecitas y ganaron. Pero no destruyeron todo como Dios había dicho. Saúl solo destruyó las cosas sin valor que no quería. Dios le dijo a Samuel: «Me arrepiento de haber hecho rey a Saúl, porque no me obedece».
Samuel le comunicó a Saúl lo que Dios había dicho. —¡Sí le obedecí! —argumentó Saúl—. Solo guardé los mejo- res animales para sacrificarlos a Dios. —¿Acaso a Dios le importa más la obediencia o los sacrificios? —preguntó Samuel—. Rechazaste la palabra de Dios, y el Señor te ha rechazado como rey. —He pecado —reconoció Saúl—. ¡Por favor, perdóname! Pero Samuel respondió: —Hoy, Dios te ha quitado el reino, y se lo dará a otro.
Jonatán condujo a sus hombres a atacar y destruir un campamento del ejército filisteo. Entonces, los filisteos reunieron a su ejército para pelear contra Israel. Saúl envió mensajeros por todo Israel, llamando a más hombres para que ayudaran a pelear.
¡Los filisteos tenían 3000 carros, 6000 hombres a caballo y más soldados a pie de los que se podían contar! Cuando los israelitas los vieron, se llenaron de miedo.
Se escondieron en cuevas, matorrales y pozos. Samuel le había dicho a Saúl que lo esperara siete días, hasta que llegara y le dijera a Saúl qué debía hacer. Saúl esperó, pero Samuel no llegó. Los soldados de Saúl comenzaron a irse. Como no quería esperar más, Saúl hizo un sacrificio para Dios. (¡Esto era un pecado! Saúl era el rey, no el sacerdote. Solo los sacerdotes podían ofrecer sacrificios.)
Cuando Saúl terminó de presentar su ofrenda, llegó Samuel. «¿Qué has hecho?», preguntó Samuel. «¡Los hombres se iban! Quise pedir la ayuda de Dios para luchar contra los filisteos», respondió Saúl. «Has desobedecido a Dios», declaró Saúl. «No serás rey durante mucho tiempo más. Dios encontrará un rey que le obedezca».
Tiempo después, Samuel fue a ver a Saúl con un mensaje de Dios. Dios quería que Saúl atacara a los amalecitas y destruyera su pueblo y sus animales. Entonces, Saúl y su ejército lucharon contra los amalecitas y ganaron. Pero no destruyeron todo como Dios había dicho. Saúl solo destruyó las cosas sin valor que no quería. Dios le dijo a Samuel: «Me arrepiento de haber hecho rey a Saúl, porque no me obedece».
Samuel le comunicó a Saúl lo que Dios había dicho. —¡Sí le obedecí! —argumentó Saúl—. Solo guardé los mejo- res animales para sacrificarlos a Dios. —¿Acaso a Dios le importa más la obediencia o los sacrificios? —preguntó Samuel—. Rechazaste la palabra de Dios, y el Señor te ha rechazado como rey. —He pecado —reconoció Saúl—. ¡Por favor, perdóname! Pero Samuel respondió: —Hoy, Dios te ha quitado el reino, y se lo dará a otro.
Conexión con Cristo:El mensaje de Dios para Saúl fue claro: Obedéceme y todo te irá bien. Pero Saúl no obedeció a Dios. Samuel le dijo a Saúl que no duraría como rey. Dios rechazó a Saúl como rey, pero tenía el plan de traer a Jesús, Su Hijo y nuestro Rey perfecto, para gobernar a Su pueblo para siempre.
Pregunta para relacionar: ¿Cómo se siente Dios cuando Su pueblo obedece?
Respuesta para relacionar: Dios está feliz cuando le obede- cemos, pero todos pecamos y necesitamos un Salvador.
Pregunta para relacionar: ¿Cómo se siente Dios cuando Su pueblo obedece?
Respuesta para relacionar: Dios está feliz cuando le obede- cemos, pero todos pecamos y necesitamos un Salvador.
Como Saúl había desobedecido a Dios, Israel necesitaba un nuevo rey. Dios le dijo a Samuel que visitara a Isaí, un hombre de Belén. Isaí tenía ocho hijos, y uno de ellos sería el nuevo rey de Israel. Entonces, Samuel fue a Belén. Primero, vio al hijo mayor de Isaí, Eliab, que era alto y atractivo. ¡Este debe ser el rey escogido por Dios!, pensó Samuel. «No, Samuel», contestó Dios. «Solo puedes ver lo que hay por fuera, pero yo veo el corazón».
Uno por uno, los hijos de Isaí vinieron ante Samuel, pero Dios no eligió a ninguno de ellos. «¿Tienes otros hijos?», preguntó Samuel. «Mi hijo menor, David, está cuidando las ovejas», respondió Isaí, y mandó a buscar a David. Cuando David llegó, Dios dijo: «¡Ese es!». Entonces, Samuel derramó aceite sobre la cabeza de David y el Espíritu del Señor descendió sobre él. Pero el Espíritu del Señor dejó a Saúl, y Dios envió un espíritu malo que lo atormentaba. Los sirvientes de Saúl pensaron que la música podía ayudarlo a sentirse mejor. Uno de sus siervos conocía a la persona justa para tocar para el rey… ¡David! Entonces, cuando Saúl se sentía atormentado, David venía y tocaba su arpa.
En esa época, los filisteos se prepararon para atacar a Israel, y Saúl envió a su ejército a pelear. Los israelitas acamparon en una colina y los filisteos en otra, y había un valle en medio de los dos. Los filisteos tenían un guerrero que se llamaba Goliat. ¡Medía casi tres metros de altura! Goliat les gritaba a los israelitas: «¡Envíenme a su mejor hombre, y pelearemos cuerpo a cuerpo!». ¡Pero nadie se animaba a pelear con Goliat! Isaí envió a David para ver cómo estaban sus tres hijos mayo- res, que peleaban en el ejército israelita. David vio a Goliat y ob- servó cómo los israelitas huían aterrorizados. Entonces, David dijo que pelearía contra Goliat. «¡No puedes pelear con Goliat!», le dijo Saúl.
Sin embargo, David contestó: «Dios me cuidará». Saúl le ofreció su armadura a David, pero era demasiado gran- de. Entonces, David tomó solo su honda y cinco piedras lisas. Así, marchó a enfrentarse con Goliat. Goliat se burló de David, porque era solo un muchachito. Pero David dijo: «Tú vienes a mí con lanza y espada, ¡pero yo peleo en el nombre de Dios!».
Entonces, David corrió hacia Goliat. Sacó una piedra, la arrojó con su honda, ¡y le pegó a Goliat justo en la frente! El gigante cayó de cara al suelo. Con la ayuda de Dios, ¡David venció!
Uno por uno, los hijos de Isaí vinieron ante Samuel, pero Dios no eligió a ninguno de ellos. «¿Tienes otros hijos?», preguntó Samuel. «Mi hijo menor, David, está cuidando las ovejas», respondió Isaí, y mandó a buscar a David. Cuando David llegó, Dios dijo: «¡Ese es!». Entonces, Samuel derramó aceite sobre la cabeza de David y el Espíritu del Señor descendió sobre él. Pero el Espíritu del Señor dejó a Saúl, y Dios envió un espíritu malo que lo atormentaba. Los sirvientes de Saúl pensaron que la música podía ayudarlo a sentirse mejor. Uno de sus siervos conocía a la persona justa para tocar para el rey… ¡David! Entonces, cuando Saúl se sentía atormentado, David venía y tocaba su arpa.
En esa época, los filisteos se prepararon para atacar a Israel, y Saúl envió a su ejército a pelear. Los israelitas acamparon en una colina y los filisteos en otra, y había un valle en medio de los dos. Los filisteos tenían un guerrero que se llamaba Goliat. ¡Medía casi tres metros de altura! Goliat les gritaba a los israelitas: «¡Envíenme a su mejor hombre, y pelearemos cuerpo a cuerpo!». ¡Pero nadie se animaba a pelear con Goliat! Isaí envió a David para ver cómo estaban sus tres hijos mayo- res, que peleaban en el ejército israelita. David vio a Goliat y ob- servó cómo los israelitas huían aterrorizados. Entonces, David dijo que pelearía contra Goliat. «¡No puedes pelear con Goliat!», le dijo Saúl.
Sin embargo, David contestó: «Dios me cuidará». Saúl le ofreció su armadura a David, pero era demasiado gran- de. Entonces, David tomó solo su honda y cinco piedras lisas. Así, marchó a enfrentarse con Goliat. Goliat se burló de David, porque era solo un muchachito. Pero David dijo: «Tú vienes a mí con lanza y espada, ¡pero yo peleo en el nombre de Dios!».
Entonces, David corrió hacia Goliat. Sacó una piedra, la arrojó con su honda, ¡y le pegó a Goliat justo en la frente! El gigante cayó de cara al suelo. Con la ayuda de Dios, ¡David venció!
Después de que David mató a Goliat, fue a vivir en el palacio de Saúl. Allí, se hizo muy amigo del hijo de Saúl, Jonatán. David hacía bien todo lo que Saúl le pedía, por eso, Saúl, lo puso como jefe de su ejército. Pero como el pueblo parecía pre- ferir a David en lugar de a Saúl, ¡el rey se puso tan celoso que intentó matar a David! ¡Hasta le ordenó a Jonatán que lo ma- tara! Sin embargo, David era el mejor amigo de Jonatán. Este le advirtió a David, diciendo: «Escóndete hasta que pueda hablar con mi padre». A la mañana siguiente, Jonatán le preguntó a Saúl: «¿Por qué quieres matar a David? Lo único que ha hecho es ayudarte». Saúl accedió y prometió no matar a David. Pero no cumplió su promesa durante mucho tiempo. Un día, mientras David to- caba el arpa para él, Saúl le arrojó una lanza. David escapó y le dijo a Jonatán lo que había sucedido. —¡No puede ser! —respondió Jonatán—. Mi padre me lo diría si quisiera matarte. —Te digo la verdad —respondió David—. Tu padre sabe que somos amigos. Por eso no te lo dijo. —¿Cómo puedo ayudar? —preguntó Jonatán. David tenía un plan. —Mañana celebramos el festival de luna nueva. Yo tengo que comer con el rey, pero no iré. Si Saúl pre- gunta dónde estoy, dile que fui a Belén. Si se enoja, sabrás que quiere matarme.
David fue a esconderse en el campo. Después del festival, Jonatán le daría una señal a David arrojando tres flechas al campo. Si era seguro que David regresara, Jonatán enviaría a su siervo a buscar las flechas, diciendo: «¡Las flechas están de este lado!». Pero si Saúl quería matar a David, Jonatán gritaría: «¡Las flechas están más adelante!». Entonces, Jonatán asistió a la fiesta. Cuando Saúl se sentó a comer, preguntó: «¿Dónde está David?». «Está en Belén», res- pondió Jonatán. Saúl se puso furioso, y gritó: «¡David merece morir!». Y luego, ¡le arrojó su lanza a Jonatán! Entonces, Jonatán supo que Saúl quería matar a David. A la mañana siguiente, Jonatán fue al campo y arrojó tres fle- chas. Cuando su siervo iba a buscarlas, Jonatán gritó: «¡Las fle- chas están más adelante!». David supo que Saúl quería matarlo. Jonatán envió a su siervo de regreso, y David salió de su escon- dite. David y Jonatán lloraron y se despidieron. Los dos hom- bres se separaron, pero sabían que siempre serían amigos.





















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